18 de mayo de 2017

Una muerte feliz

Bruce Hampton se desplomó en el escenario del Fox Theatre de Atlanta durante el «Hampton 70: A Celebration of Col. Bruce Hampton», el concierto-celebración de sus setenta años. Dice Jeff Sipe, baterista de la banda, que cerca del final de su presentación Hampton cayó con el micrófono en la mano mientras tocaban «Turn On Your Love Light».

La banda siguió tocando hasta que alguien se dio cuenta de que la caída de Hamtpon y su quietud no eran otra de sus bromas. Murió poco después en un hospital. Cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando, nos advierte Jorge Manrique.

Llamado el Coronel, Bruce Hampton era un cantante, guitarrista, compositor y líder de su grupo, el abuelo (granddaddy) de la jam-band scene. No es aventurado ni frívolo afirmar que, además, fue un hombre afortunado. Dante y Solón ya sabían que el término de la vida de un hombre puede fijarse en los setenta años.

Heródoto narra en Clío (lo he recordado ya en otro apunte) la respuesta de Solón, sabio y legislador ateniense, a Creso, el vanidoso y engreído rey de los lidios. Creso quería que el sabio lo llamara el más feliz de los hombres porque tenía poder y riquezas. Solón, prudente y con ateniense pesimismo, le dijo que de los poco más de veinticinco mil días que es el término de la vida humana, no hay uno idéntico a otro y que la vida es una serie de calamidades, por lo tanto no puede llamarlo feliz ni dichoso hasta que no concluyan sus días. El infortunio puede estar al acecho, por ello mientras no se sepa cómo muere un hombre, es prudente suspender el juicio y no llamarle feliz o dichoso pues se ha visto desmoronarse la fortuna de los más favorecidos.

Es preciso hacerlo, pero hay maneras de morir. Si alguien se libra de la violencia de los hombres, del infortunio, de los sucesos lamentables, de la larga enfermedad, del dolor y la agonía, sin duda se trata de alguien inmensamente dichoso.

No sé quién era el Coronel Hampton, nunca he escuchado su música; nada más sé de su vida, pero sé que era uno de esos bienaventurados. No puedo imaginar para un músico una mejor muerte, más dulce, que caer súbitamente fulminado en el escenario mientras cantaba y tocaba, ejerciendo su oficio, entre los suyos, arropado por su público, en el concierto que festejaba sus setenta años. Fortuna le sonrió y lo libró del dolor, de la lenta y progresiva disminución de facultades, de la pérdida paulatina de la vida.

Todo sucedió en un instante, cómo se viene la muerte / tan callando. Dichoso él. Jeff Sipe, el baterista, él último en verlo a los ojos, cuenta que el Coronel lo miró y le sonrió justo antes de caer sin sentido: «Creo que sonrió para despedirse», dijo. Yo no tengo ni la menor duda; estoy seguro de ello. Sonrió para despedirse al mirar de frente a su muerte feliz.

18 de abril de 2017

Vidas paralelas

Tal vez la Luna y una puesta de sol no puedan ser miradas de la misma manera por dos hombres. Y seguramente no hay dos que entiendan exactamente lo mismo por universo, justicia, belleza, arte o amor. Explicarse los misterios de la noche y el sentido de la vida son atributos de cada individuo de la especie, y las diferencias pueden ser notables. Ya lo advertía Alfonso Reyes: «No sé si el Quijote que yo veo y percibo es exactamente igual al tuyo, ni si uno y otro se ajustan del todo dentro del quijote que sentía, expresaba y comunicaba Cervantes.»

La experiencia vital de cada hombre es única e irrepetible, sin embargo, a veces las condiciones externas, las vicisitudes y el destino de dos personas guardan sorprendentes semejanzas. Entre más alejadas entre sí, más asombroso nos parece lo que tienen en común dos trayectorias vitales o, para decirlo con Plutarco, vidas paralelas.

Martín Ramírez (1895-1963) y Carlo Zinelli (1916-1974) tuvieron vidas semejantes, en las que algunos hechos esenciales son idénticos. Ambos trabajaron en el campo. Martín fue un agricultor de Jalisco que, como tantos otros, se fue de México a trabajar a los Estados Unidos. Carlo Zinelli, que provenía de una familia pobre, de los alrededores de Verona, fue pastor.

Ramírez cayó en una depresión profunda por las confusas noticias sobre la guerra cristera (destrucción del patrimonio, persecución y disolución de su familia). Zinelli fue soldado de Mussolini, estuvo entre las tropas italianas en España, donde sufrió un desequilibrio mental.

Ramírez, desempleado, durante la depresión del 29, vagaba por el norte de California en lamentable estado físico y mental. Fue arrestado y llevado a un hospital psiquiátrico; le diagnosticaron esquizofrenia aguda. Zinelli, al fin de la segunda guerra mundial, fue ingresado al manicomio de Verona; le diagnosticaron esquizofrenia incurable.

Ramírez comenzó a dibujar unos años después de estar en el psiquiátrico. Era completamente autodidacta; pronto el dibujo se convirtió en la actividad central de su vida. Se dedicaba, dice Víctor M. Espinosa, su biógrafo, a «fumar y a producir copiosas cantidades de arte». Zinelli, también autodidacta, empezó a dibujar en el psiquiátrico; «fumaba sin quitarse el cigarrillo de la boca», escribe Antonio Muñoz Molina.

Ramírez asistió en el psiquiátrico a un taller de cerámica, donde encontró estímulo para crear. Tarmo Pasto, pintor, profesor de arte y psicología se dio cuenta del talento de Ramírez y le procuró material: papel, lápices, colores. Un escultor danés, internado para desintoxicarse, descubrió el talento de Zinelli, que hacía dibujos en la cal de las paredes, y contribuyó a que se instalara en el manicomio un taller de arte. Ahí Zinelli encontró estímulo para dibujar, y cuadernos, lápices, colores, tinta y pinceles.

Ramírez era un solitario, casi no hablaba; nunca aprendió bien inglés y vivió aislado en el psiquiátrico, rodeado de gente que no entendía y que no lo entendía; vivía encerrado en un medio (una sociedad) que no comprendía. Dibujar y dibujar, hacerlo sin fin, era su manera de estar en el mundo. Zinelli, también fue un solitario, «se fue encerrando en un mutismo interrumpido por murmullos, repeticiones de palabras, fragmentos tarareados de música» que no paraba de dibujar.

Los dibujos de Ramírez tienen un lenguaje propio y variedad en la composición «a pesar de que todo gira obsesivamente en torno a los mismos temas: jinetes armados, trenes...». Los dibujos de Zinelli «incluyen rifles, locomotoras humeantes, uniformes azules de soldados... con un estilo sintético, con multiplicaciones y repeticiones, con la compulsión del trastorno...».

Martín Ramírez y Carlo Zinelli son considerados notables dibujantes autodidactas, cada uno con una propuesta estética firme, de gran originalidad, que descubrieron su talento y se entregaron a su arte en manicomios. Los dos se pasaron la mitad de su vida encerrados, y murieron en hospitales psiquiátricos.

Los dos dejaron una obra enorme: terminaban un dibujo y comenzaban otro, con impecable constancia. Zinelli hizo más de tres mil dibujos. De Ramírez no se sabe cuántas piezas se conservan, por la dispersión de su obra, y porque durante mucho tiempo el personal del hospital le recogía y destruía sus obras, pero a pesar de ello son varios cientos de dibujos, muchos en gran formato.

Los dibujos de Ramírez y Zinelli pueden ser considerados como arte outsider o arte marginal, si lo entendemos, como dice Gabriela García, como «creaciones que escapan a contracorriente, a la homogeneización del Arte. Sus protagonistas son personas, principalmente autodidactas, que experimentan una necesidad irrefrenable de crear».

Las creaciones de Martín Ramírez y Carlo Zinelli se montan en museos y galerías de muchos países (ambos han tenido su propia exposición en el American Folk Art Museum de Nueva York), y estimulado por sus leyendas, su fama crece y sus obras se cotizan en precios exorbitantes en el mercado mundial. 

10 de abril de 2017

Los coleccionistas

Siempre estarán insatisfechos. Ese es su sino y condición ideal. Tal vez su insatisfacción es la motivación mayor, el encanto del juego, de su pasatiempo y a veces de su pasión. ¿Qué coleccionista no pierde el sueño y la serenidad ante una pieza rara, única, que en ningún otro lado estaría mejor que en su colección?

No me refiero a los puntuales compradores de objetos de una clase que se encuentran en cualquier parte. No me refiero a una serie de gatos o búhos de cerámica o madera o de cualquier otro material que se hacinan en una repisa o una mesa.

Pienso en el coleccionista como un cazador que está siempre al acecho de la pieza que falta. Un buscador astuto como un felino hambriento que acecha a su presa. Alguien que anhela piezas que sabe tan difíciles de conseguir que pareciera no existieran. Un recolector selecto, que limita los alcances de su colección, que la orienta, la refina, y termina por hacer de ella una obra maestra.

Ese coleccionista necesita algo más que dinero. Hace falta una pasión implacable, como todas ellas, un conocimiento profundo adquirido por la experiencia y el estudio, por los viajes y el azar. Sabe que una colección no son todas las piezas posibles sino las mejores o representativas, las raras, los ejemplares únicos de un periodo histórico o un país.

Por supuesto que hay colecciones extensas de gran valor. La diversidad y el número las hacen estimables y pueden encerrar, por ello, un valor histórico y didáctico. Pero sin criterios fijos, sin límites estrictos, cualquier pieza cabe en una serie sin pies ni cabeza.

El coleccionista selecto, el que quiere una colección cerrada porque tal vez no habría más piezas para esa colección finita, limitada, y que completarla puede ser una misión imposible o el objetivo que le da sentido a una vida.

Un coleccionista es, en sentido recto, alguien que busca algo en la vida y no cesa de buscarlo. Conozco a un coleccionista que sabe que su colección nunca estará completa. Y como si fuera un rompecabezas al que le falta una pieza, todas las demás le dan contorno y sentido a la pieza que falta. Todas las demás remarcan y señalan su ausencia.

Confío en que el coleccionista no encuentre nunca lo que busca. Conseguir esa pieza es su mayor deseo, y verlo satisfecho sería como poner en su sitio ese trozo de cartón perdido en el rompecabezas; lo dejaría sin propósito. Una colección completa pierde sentido, como un álbum que tiene ya todas las estampas después de que la mirada satisfecha recorre sus páginas.

Esa colección puede ser admirable, y digna de un museo, pero ha perdido su encanto, su razón de ser, el supersticioso encanto de provocar insomnio y despertar emociones intensas.

Una colección mientras está en formación, incompleta, puede arrebatar a su creador hasta lo inverosímil. Por completarla, puede empeñar tiempo, esfuerzos y una fortuna. Luego, al completarla, si eso es posible, implacablemente, la colección pierde interés.

A la satisfacción de la obra concluida la desplaza una implacable sensación de vacío. ¿Qué puede hacer o desear un coleccionista si no entregarse al aburrimiento y el hastío cuando ha concluido su empresa y ha conseguido la última pieza?

5 de abril de 2017

El hombre que empolla huevos

Abraham Poincheval, francés, de cuarenta y cuatro años, es un profesional de las ocurrencias, las bromas y, de vez en cuando, los escándalos. Se siente muy orgulloso de sus pequeñas hazañas, que deben ser muy redituables, como pasar una semana en un agujero bajo una piedra de una tonelada de peso, otra semana en una plataforma a veinte metros de altura o dos semanas en el interior de un oso disecado. Sin embargo, Poincheval ha cruzado esa línea que separa el juicio de la sinrazón: se siente artista y su arte consiste en empollar hasta que eclosionen una decena de huevos de gallina.

En el Palacio de Tokio de París, centro de creación a orillas del Sena dedicado al arte moderno y contemporáneo, monsieur Poincheval se ha encerrado en una caja transparente en la que, dice: «estará en un contacto mucho más directo con el público.» Se ha provisto de agua, comida (espero que el menú no se componga de gusanitos y semillas) y de una silla con un hueco y un sistema para empollar los huevos veintitrés horas y media diarias durante 21 días. En la otra media hora de cada día dejará de sentirse gallina y saldrá de la caja.

Monsieur Poincheval confía en que ese ambiente será estable y propicio para su «primera representación con seres vivos», y nos explica las causas profundas de su empeño: «Un hombre incubando huevos me interesa porque plantea el tema de la metamorfosis y el género.» Ni más ni menos.

Que un hombre pretenda empollar huevos de gallina pasa como broma, como pasaje de una novela disparatada o como gag de una película, pero no como una obra de arte en sí misma. Es necesario decirlo una y otra vez: ese acto que de artístico no tiene nada es un intento vil de otra tomadura de pelo. Y quienes se acerquen al gallinero de monsieur Poincheval deberían saber que ver a un hombre pretender empollar huevos es un acto grotesco, absurdo, morboso, y que tal vez ya se han contagiado de esa extraña cepa de vesania aviar.

Si esto no es una gran boutade, en el nombre del Hombre y los más altos valores del humanismo crítico confío en que monsieur Poincheval recibirá la atención que merece. Antes que en una caja transparente a empollar huevos, debería encerrarse en un frenopático (sería su consagración, su obra maestra). Esperemos que la ciencia, en particular la medicina y la psiquiatría, puedan ayudarlo. Que así sea.

3 de abril de 2017

Una cena de negocios

En un restaurante pequeño, con discreto encanto, en el que cenaban parejas y familias, un hombre solo esperaba en la mesa de enfrente a la nuestra. Llegaron dos más a la mesa del solitario; eran socios, podrían haber sido hermanos.

El lugar y la comida, la cena, era irrelevante para ellos. Lo suyo era una cita de negocios. Los socios-hermanos, en lo sucesivo «los vendedores» querían convencer al otro, en lo sucesivo «el comprador», de que el acto más importante de su vida era a) invertir en la empresa de los vendedores, o b) comprar esa empresa.

Los vendedores, arrogantes, le hacían saber al comprador que le estaban haciendo un favor, y cualquiera que entendiera de negocios y con un mínimo sentido de la oportunidad aprovecharía la ganga que le ofrecían. El comprador se ofendió y le dijo que no lo trataran de tonto.

Ordenaron la cena casi sin mirar la carta, tensos y con una falsa cordialidad. Hablaban en voz muy alta, y era obvio para todos los otros comensales que esa que presenciábamos no era una reunión entre amigos. Era evidente que su presencia desentonaba con el ambiente del lugar.

Cada uno de los vendedores adoptó un papel. Uno sería el rudo (el malo) y el otro el bueno (el técnico). Uno agrediría y el otro conciliaría. Mientras comían daban información, hacían números fantásticos, calculaban utilidades de ensueño, hacían pronósticos inmejorables sobre el gran futuro de su empresa. Querían engatusar al comprador. Éste dijo al fin:

«Tu empresa no vale ni la mitad de lo que dices.»
«Lo que pasa es que eres muy estúpido y no te das cuenta del potencial, no sé por qué estoy tratando contigo», dijo el vendedor rudo.
«Porque quieres verme la cara», dijo el comprador.
«Yo estoy seguro de que va a descubrir el potencial del negocio; eso haría un verdadero empresario», replicó el vendedor técnico.
 «Si tu lo fueras, harías crecer tu negocio, que no vale nada», dijo el comprador.

Mientras comían, hablaron, discutieron precios y porcentajes. Se insultaron. El comprador, fuera de sí, soltó con escándalo los cubiertos y señaló con el dedo, amenazó al vendedor rudo; el vendedor técnico concilió una vez más, ofreció una disculpa. El capitán de meseros invitó a los señores a disfrutar el momento sin gritos ni exabruptos.

La cena acabó de pronto. Ante las irreconciliables posiciones, el comprador se hartó de los vendedores o de perder el tiempo y se levantó para irse. También se pelearon por pagar la cuenta: «Yo pago. No voy a deberte nada.» «Nosotros pagamos esta vez y tú la próxima, ¿te parece?» Los vendedores también se fueron enojados.

En cuando salieron, se hizo el silencio en el restaurante. Su presencia era en verdad molesta, incómoda. En mala hora se aceptaron y casi instituyeron los desayunos, almuerzos y cenas de negocios. ¿Por qué sentarse a la mesa -un acto que representa uno los grandes momentos y placeres para convivir con amigos y seres queridos-, para comer y beber con desconocidos, con rivales y enemigos?

En un tiempo en el que todo el mundo está siempre a dieta y los más días del año se cena cualquier cosa, de pie, frente al horno de microondas, ¿por qué confundir la buena mesa con los negocios y no dejar los pleitos para los despachos de los abogados?

Pensaba que la cena había perdido dignidad y se había desvirtuado de su sentido más profundo, y justo antes de comentar esa opinión en la mesa, recordé que siempre ha sido así: un momento para la política, los negocios, los ajustes de cuentas y lo terrible. No sé si Jesús fue el primero, pero él también trató asuntos graves y trascendentes a la hora de la cena. Anunció su fin, su muerte, y dijo delante del traidor que sería traicionado.

No creo que haya sido un momento feliz la Última Cena. Sería una pena hacer de la cena la hora de las malas noticias, las disputas y las negociaciones. Muy pocos momentos pueden ser más intensos y memorables que los de una cena, una copa de vino y una buena conversación en compañía de personas con las que vale la pena sentarse a la mesa a celebrar la familia, la amistad y el amor. 

28 de marzo de 2017

Dos maridos

Jeffery Scott Lytle, de 42 años, vecino de Monroe, condado de Snohomish, en el estado de Washington, en Estados Unidos, fue arrestado por dos delitos de solicitud de homicidio. Le envió un mensaje de texto desde su teléfono celular a un asesino a sueldo (sicario es la palabra que se utiliza ahora), para solicitarle sus servicios: «Hola, Shayne, qué tal. ¿Te acuerdas que me dijiste que me ayudarías a matar a mi mujer? Pues te voy a aceptar la oferta.» 

Está claro que Lytle no disponía de la suma para contratar a Shayne, pero le ofrecía el cincuenta por ciento de lo que cobrara al seguro, cerca de un millón de dólares; en realidad a los seguros, porque da a entender que Shayne también podría matar a su hija de cuatro años. Podrían repartirse todo lo que cobrara en partes iguales.  

Lytle tenía ya un plan. El trabajo para Shayne no presentaba mayores dificultades: «Yo voy a trabajar a las cinco de la mañana. Mi mujer sale hasta las dos de la tarde, así que tienes tiempo y puedes hacer que parezca un robo fallido o un accidente.»

Pero Lytle cometió un error fatal. El mensaje no lo envió a Shayne sino a su exjefe, que lo mostró a la policía. Tras ser detenido, Lytle negó haber pedido por escrito que mataran a su mujer y su hija. Se retractó y dijo que con esas palabras del mensaje quería desahogarse su enojo luego de una discusión conyugal... el mensaje, sí, bueno, estaba en el teléfono, sólo eso, sólo estaba ahí, y no lo había enviado, quizá su hija lo había enviado por error...

No sé cuál pueda ser la pena para alguien que solicita un homicidio. No sé por qué Lytle envió el mensaje a su jefe y no al sicario. No me sorprendería que pasara una larga temporada en la cárcel o que un juez lo deje en libertad con una fianza, pero estas cosas a mí siempre me han parecido propias de las novelas policíacas y del cine.

Y puestos a imaginar la situación de Lytle, uno imagina que viaja en un coche viejo a un barrio en decadencia, que anda por calles sucias en las que hay mujeres que fuman y se ofrecen. Uno pensaría que entra a un bar o un billar, tal vez que baja unas escaleras estrechas y llega a un salón casi en penumbras, donde todas las miradas lo examinan.

El desconocido pediría una cerveza en la barra, y un tipo se acercaría y le haría saber que no es bienvenido. Entonces Lytle diría que está buscando a un amigo, a alguien que le haga un favor. Entonces, luego de dos o tres cervezas, de conversar un rato, sería invitado a una mesa del fondo o a un privado. Se llegaría a un arreglo y tendría que dejar un montón de billetes verdes sobre la mesa que nadie se atrevería a contar porque saben que no faltaría ni un dólar de la cifra convenida.

Pero al parecer ni los crímenes por encargo son así. Tal vez nunca lo fueron y uno está condicionado por el cine y las novelas. Pero solicitar dos homicidios con un mensaje de texto debería ser un delito en sí mismo, un acto ordinario y vulgar que también merecería ser castigado. 

Tal vez Lytle quede libre, con la deuda de la fianza que le impondría un juez y un divorcio garantizado, pero seguirá visitando el mismo bar de siempre los viernes en la noche porque, después de todo, no ha pasado nada.


Desde 1994, hace ya 23 años, José Luis Casaus, un viudo zaragozano de 64 años, publica en la prensa española, cada 21 de marzo, una esquela para conmemorar el fallecimiento de Elena, su mujer. En su mensaje anual, que algo tiene de parte, Casaus informa a «Elenita» cómo va la vida, y sobre todo cómo han crecido sus dos hijos. Elena murió de cáncer de pulmón cuando esos niños tenían seis años. 

Y el lector de esa colección, de esa suerte de carta, de homenaje póstumo anual, se entera de cómo han crecido esos chicos que ya tienen treinta años. Recordé Stanno tutti beene (Todos estamos bien), una película de Giuseppe Tornatore, con Marcelo Mastroianni en el papel de un viudo que recorre Italia visitando a sus hijos, cuyas vidas son un desastre, y vuelve a la tumba de su mujer para decirle, para mentirle: «Stanno tutti bene.»

No creo que sea el caso de Casaus, que hace en cada esquela una lección de brevedad, estilo y humor. En sus textos, salpicados de ingenio y referencias culturales, no faltan comentarios familiares, nombres de cantantes y canciones, trozos de poemas (hay una cita de Razón de amor, de Pedro Salinas), menciones de Neruda, Borges y Alfredo Zitarrosa, entre otros, y circunstancias que sólo Elena y Casaus podrían comprender en su sentido pleno.

Si los textos tienen gracia, su impecable constancia marital es admirable. Dice que la suya es «una tradición que pretende quitar hierro a la tragedia. Por eso hablo en las esquelas de temas serios con humor.»

No sé si Casaus se pase el año tomando notas, pensando en lo que pondrá en la siguiente esquela. De lo que estoy seguro es que no deja de pensar en Elena, y en decirle en cada mensaje lo que ha sido la vida, lo que le ha quedado de la vida sin ella. 

Jeffery Scott Lytle y José Luis Casaus son las dos caras de una misma moneda. No podían ser más distintas sus posiciones y actitudes. La vileza y la nobleza se encarnan en ellos. Lo que Lytle daría porque su mujer estuviera muerta; lo que Casaus daría porque la suya estuviera viva. 

14 de marzo de 2017

Una razón para escribir

Tal vez las razones para escribir sean menos literarias de lo que podría suponerse y más ordinarias de lo que esperarían algunos lectores agradecidos con sus autores favoritos. Frente al profesional que escribe para ganar dinero está el escritor que sabe que en el fondo la literatura es un gran juego y escribe por jugar o juega a escribir.

La combinación de las posiciones ante la escritura de esos modelos sería el feliz justo medio: jugar mientras se gana dinero, o ganar dinero mientras se escribe como si jugara. Otras posibilidades son sospechosas y aun nocivas: escribir para hacer historia, para influir en la sociedad o en el pensamiento, para ganar fama, para alcanzar poder.


El doctor Johnson nos advirtió que «nadie que no sea un estúpido [blockhead] ha escrito nunca más que por dinero», y algunos de sus discípulos, que se consideran a sí mismos profesionales de la literatura, se empeñan en el frenesí de hacer una carrera literaria (sic), y coleccionan premios, estímulos, becas, reconocimientos, recomendaciones, reseñas y críticas favorables a sus libros. 


El riesgo de esa ruta profesional hacia la gloria literaria consiste en que esos libros se deshojen y pierdan en el tiempo, y, muy pronto, mucho antes de lo que sus autores lo hubieran deseado, se vuelvan polvo, desaparezcan y se esfumen de la memoria de los hombres. Borges lo comprendió mejor que nadie: «la meta es el olvido/yo he llegado antes». 


Nada ni nadie le garantiza al autor de un buen libro que escribirá otro así. Y con la relación de las caídas y decepciones y resbalones se podría escribir una  historia alterna de la literatura.


La mayoría de los libros que se publican cada año en el mundo por fortuna no se reeditan nunca, y en un periodo breve y cruel habrán sido desechados, enmendados u olvidados. Muy pocos permanecen y encuentran lectores después de algunos años. Unos cuantos apenas son capaces de conmover a las nuevas generaciones; los que se instalan en el gusto y consideramos necesarios, admirables y ejemplares les llamamos clásicos. 


Frente a los autores que escriben por razones profesionales, están los diletantes, palabra positiva que encierra un guiño y un elogio. Dice Cortázar: «Yo siempre escribí para divertirme, y es por eso que me niego a que me consideren un escritor profesional. Siempre me consideré un aficionado: un tipo que escribe porque le da la gana y cuando le da la gana [...] Hay una especie de resistencia mental en mí a considerarme un escritor profesional, cosa que me gusta mucho, porque siempre me sentí un aficionado en todo y creo que lo seré hasta el final de mis días. Cuando me pongo a escribir un cuento, después de décadas de trabajo literario, estoy en la misma actitud desarmada e ingenua que cuando a los veinte años empecé mis primeros cuentos.» 


En la tradición hispanoamericana esas dos posiciones se pueden expresar con el binomio Onetti-Vargas Llosa. Uno es amante de la literatura, y la frecuenta y la cultiva a su antojo, sin las obligaciones conyugales del segundo, que va de marido constante, solemne y ejemplar. 


Kafka y Pessoa tienen algo en común. Para ellos la vida es lo que sucede mientras no escriben o identifican la vida con el acto de escribir. Vivir mientras se escribe y para la escritura. Tal vez para evadirse y asir la vida en el mismo acto, en el mismo instante. Si hubieran dejado de escribir, Kafka y Pessoa no hubieran sido, son inimaginables sin su escritura. Vivían para escribir, escribían como vivían. Escribían para seguir viviendo, lo hacían como respiraban, y a ninguno se le hubiera ocurrido hacer una carrera literaria. Al morir habían publicado muy poco, la mayor parte de sus obras permanecían inéditas, miles de páginas ocultas en carpetas, cajones y baúles.


Kafka no encontraba su lugar en el mundo, un hombre enfermo, un hombre-escritura. Pessoa también vivió para escribir. Veía el mundo desde la mesa del café, imaginaba voces y poéticas; desde la ventana de su habitación, su atalaya, se buscaba a sí mismo en las revelaciones de su propia escritura.


Otros muchos escribieron hasta más o menos el fin. Otros dejaron de escribir y tuvieron una vida. Enrique Vila-Matas ha reunido en Bartleby y compañía una nutrida colección de esos tránsfugas que un día, curados del extraño mal, dejaron de sucumbir a la necesidad de fijar palabras.

Salvador Elizondo escribía para escribir que escribía, hechizado por la escritura. Otros escriben para ocupar el tiempo (life time), porque les viene de muy hondo, porque piensan que el libro que escriben es necesario en el mundo.

Escribir para habitar la tarde o cultivar el insomnio, para cumplir con el destino implícito del cuaderno, para liberar la tinta, para tomarle el pulso a los deseos, para descargar un poco la memoria o la conciencia, para ser grato a los ojos de alguien, para imaginar lo que sucede en nuestra habitación y más allá de ella. Escribir para enmendar la historia, y darle vida de palabras con la imaginación a lo que no ha sucedido. Escribir con la sencillez, con la serenidad de que nada sucede más allá de la página mientras dura la escritura.

No pretendo agotar las razones. Antes prefiero imaginar que no hay ninguna. Escribir por escribir, por el don de la escritura misma. por la escritura misma. En Los hermanos Tanner, un libro de Robert Walser, encuentro la no razón que detonó este apunte: «escribir sin ningún propósito». Escribir porque sí. Sin otras razones ni motivos, sin segundas intenciones. Ejercer la escritura para mirar cómo se ordenan y acompañan las palabras. Escribir asombrado del rumbo de la escritura. 

Walser, un hombre perturbado, que pasó muchos años encerrado en un hospital, que escribía con letra microscópica en cualquier papel, en la orilla de un periódico, dice que se puede escribir sin ningún propósito. La suya es una lección impecable. Escribir por escribir. Y un día, como los bartlebys de Vila-Matas, dejar de escribir. Alguien dirá que ese fue el objetivo de un loco. Puede ser.

27 de febrero de 2017

Un viaje con Carlos Pellicer

Gabriel Zaid publica una semblanza de Carlos Pellicer (Letras Libres, febrero 2017) que de pronto, a media lectura, me ha devuelto, como un latigazo, un recuerdo lejano. Yo no había olvidado la poesía de Pellicer, ni al personaje, ni al creador de museos, lo que había olvidado es mi encuentro con él. ¿Cómo es eso posible?

La memoria es selectiva y quizá caprichosa. Tal vez no es así, pero nos sorprende e intriga tanto que Proust encontró en un sorbo de magdalena mojada en té un alud de reminiscencias en las que se fundían los recuerdos y la imaginación: la memoria involuntaria estimulada por un sabor, un olor, una imagen, y luego por la voluntad de recordar.

A principios de los años setenta, mi madre trabajaba en el recién creado Festival Internacional Cervantino. Yo esperaba impaciente el día de viajar a Guanajuato desde la ciudad de México. Al fin llegó el día y a la hora de salir hubo llamadas y más llamadas. El viaje se retrasaba porque teníamos que recoger a un poeta, a una «persona muy importante».

El viaje empezaba mal. Así que en el coche fuimos a recoger al poeta importante a su casa, en las Lomas de Chapultepec. Lo esperamos mucho tiempo. Más de lo que podía soportar mi impaciencia infantil. Antes de verlo, yo detestaba a don poeta.

Al fin salió un hombrecito, viejo, enjuto y calvo. Y para colmo llevaba un equipaje enorme, que fue muy difícil acomodar en el coche. Al fin emprendimos el viaje mi madre, mi hermano, el chofer y nada menos que Carlos Pellicer. Lo que yo daría hoy por haber tenido entonces diez años más.

El poeta, un hombre elegante, educado y exquisito, se disculpó por el retraso. Dijo que antes de salir tenía que hablar con el gobernador de Tabasco, su estado, y no había sido fácil que atendiera su llamada. Agradeció nuestra comprensión, nuestra compañía, y, por supuesto, que lo aceptáramos en el coche como pasajero.

Era un hombre sereno, de voz pausada. O así lo recuerdo. Pero no tengo duda de su presencia, del encanto de su conversación, de la fuerza de sus palabras. Carlos Pellicer conversó con Jorge, mi hermano menor, y conmigo; se dirigía a nosotros. Durante horas nos entretuvo, nos ilustró, nos motivó. Nos regaló una gran experiencia. Nos habló de poesía, de historia, de arqueología y creo que nos contó un largo cuento que era pura invención súbita que a él mismo le hacía gracia.

El viaje era muy largo, una buena parte por carreteras sinuosas y mal pavimentadas. Y en mi memoria estimulada no creo que Carlos Pellicer haya dejado de alegrarnos el camino ni un minuto.

Nos dijo que él ponía en cada Navidad unos nacimientos que eran famosos en el mundo (y era cierto), nos dijo que había fundado museos (y era cierto), que había viajado por el mundo (y era cierto), que había conocido a grandes poetas (y era cierto) y que le faltaba tanto por hacer que estaba seguro de que viviría al menos cien años (eso no lo cumplió).

Estaba enamorado de las culturas americanas precolombinas: asombrado ante la geografía de su tierra húmeda, verde, feraz: Trópico, para qué me diste las manos llenas de color. Me enseñó con gravedad cívica de profesor que los españoles no trajeron a América la cultura, sino que trajeron su cultura.

Declamó serio y solemne algunos poemas suyos, y contó una fantasía como de viaje al centro de la Tierra. Mi hermano y yo estábamos encantados de escucharlo. Lamentamos el fin del viaje, la llegada a Guanajuato. Nos despedimos con la camaradería que puede haber entre un niño de diez años y un hombre que era mayor que sus dos abuelos.

Una tarde lo vislumbré de lejos, rodeado de una multitud, en las calles de Guanajuato. No volví a verlo. Nunca lo visité ni fui a conocer sus famosos nacimientos. Con los años, visité uno o dos de los museos que fundó y, sobre todo, en mi adolescencia, leí su poesía con entusiasmo, gusto y admiración. Aún recuerdo algunos de sus poemas. Y siempre he tenido muy presente su poesía, a la que vuelvo de vez en cuando. Murió unos años después de nuestro encuentro.

Apenas puedo creer que yo haya olvidado todo esto. Lo escribo para resarcir mi falta, para no volver a olvidar, que acaso es la última función de toda escritura.

10 de febrero de 2017

Las cartas de amor de Fernando Pessoa

Si un poeta forja su retrato a partir de sus versos, es difícil imaginar a Fernando Pessoa enamorado. Cuesta creer que alguna vez escribió ridículas cartas de amor, ya que «todas las cartas de amor son ridículas», decía su heterónimo, su doble, él mismo bajo el nombre de Álvaro de Campos.

Muy pocos autores imponen condiciones a su lector, exigen un estado de ánimo en particular, una hora, un lugar. Casi siempre uno puede abrir cualquier libro e iniciar su lectura y desentrañar sus secretos y misterios. Y es muy común que la reflexión y la emoción se fundan en un goce que puede no estar exento de pena, en una alegría que no siempre excluye la zozobra.

Para comprender el Libro del desasosiego, para leer a Pessoa con provecho, hace falta que el alma esté húmeda, empapada de vinagre o hiel, de una amargura fresca, de un desencuentro reciente; de haberse caído hacia dentro.

Para comulgar con él hace falta estar devastado por el infortunio, con la desesperanza a carne viva, con la visión extrema, lúcida y ciega, de la fatalidad ante las miserias intrínsecas y humanas de la existencia. Entregarse sin reserva a ese desasosiego prometido. A Pessoa hay que leerlo para no gritar como esa figura desquiciada del célebre cuadro de Edvard Munch.

Si Pessoa es a su manera muchos hombres, un poco como todos los hombres, entonces no tendría que sorprendernos su debilidad, breve y pasajera, de también escribir cartas de amor. Cartas a Ophélia (Libros del Zorro Rojo; Barcelona, 2010) reúne, en una edición muy bella, ilustrada, las cartas a una oficinista que, a principios de 1920, era algo así como la prometida de Pessoa.

Las primeras cartas son  simples, ancladas en lo cotidiano, salpicadas de señas para citas fugaces mientras van de un lugar a otro por Lisboa. Lo suyo no era la pasión. La gran poesía de Pessoa no está en esas cartas, antes lo contrario, y se antoja el suyo un amor casto y simple, sin saudade, ni celos, ni ilusión, ni amarguras y sufrimientos, ni metafísica.

De pronto, un relámpago de lucidez y honestidad: «Mira, hijita, no veo el futuro nada claro.» Y Ophélia tampoco lo tenía claro; más, no confiaba en él: pidió un prueba escrita en la que Pessoa declarase que era su pretendiente y que sus intenciones eran serias. Él accedió y le respondió: «Ahí va el "documento escrito" que me pide.»

En sus cartas ya invoca a otro, a un amigo, a un otro que es él mismo: ¡el ingeniero Álvaro de Campos! No sabemos qué sabía o qué pensaba Ophélia, o cómo se divertía Pessoa con su amigo y su novia, pero le dice en una carta que quiere pasear con ella a solas, «pues a ella, naturalmente, no le gustaría que se presentara ese distinguido ingeniero», y unas cartas después: «¡Me han cambiado por Álvaro de Campos.» Habla de su heterónimo como si fuera un hombre que en cualquier momento podría llegar y tocar a su puerta.

La primera carta está fechada el uno de marzo, y el veintinueve de noviembre escribe la de ruptura y despedida. Y aunque sólo han pasado nueve meses, Pessoa escribe: «El tiempo, que envejece las caras y el cabello, también envejece, pero aún más de prisa, las pasiones. La mayoría de la gente, porque es estúpida, consigue no darse cuenta de ello, y piensa que ama todavía porque ha contraído el hábito de sentirse amado.»

Ophélia pasa de «bebé» a «víbora» y luego a «avispa». Aparecen los reproches, y quizá la verdadera causa: yo no puedo casarme, yo voy «a mi exilio, que soy yo mismo». Sí, ese era Pessoa, el ensimismado, el entregado a su obra, a la búsqueda de sí mismo.

En 1929 reencuentra Ophélia y su relación no ha cambiado, y no avanza. Le dice al fin: «De casarme, sólo lo haría con usted. Queda por saber si el matrimonio, el hogar (o como quieran llamarle) son cosas compatibles con mi vida interior. Lo dudo. Por ahora, quiero organizar a la brevedad esa vida interior y mi trabajo. Si no consigo organizarme, claro está que nunca pensaré siquiera en pensar en casarme. Si la organizara en términos de ver que el matrimonio sería un estorbo, claro que no me casaré. Pero es probable que no sea así. El futuro ─y es un futuro próximo─ lo dirá.»

Se ha dicho que Pessoa era homosexual. Es muy probable, pero algunos hombres a cualquier precio piensan en el matrimonio para arreglar sus vidas, para ajustar cuentas con la soledad. Entregado a sí mismo, y los otros poetas que lo habitaban, vivía para su obra. Pessoa, compartía este rasgo con Kafka y López Velarde, que tampoco estaban hechos para vivir en pareja y en matrimonio.

Pessoa vivió su noviazgo por escrito, y es una pena que sus cartas apenas sean ridículas. «Las cartas de amor, si hay amor, / tienen que ser / ridículas. / Pero, al fin y al cabo, / sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor /sí que son / ridículas.»

El novio de Ophélia tal vez no era Pessoa sino Álvaro de Campos, el autor de «Tabaquería», el poeta que decía: «No soy nada. /Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.» El que apenas imaginaba un futuro, sí, entre paréntesis: «(Si me casara con la hija de mi lavandera tal vez fuera feliz).»

Tal vez en un arrebato de locura o sensatez Fernando Pessoa pensó que con Ophélia sería feliz, pero ella era una modesta oficinista, no la hija de su lavandera. Además, el que imaginó ese verso no fue él sino su amigo el ingeniero Álvaro de Campos. Tal vez todo fue un error, una desastrosa confusión.

30 de enero de 2017

Dante en Buenos Aires

Witold Gombrowicz, fiel a sí mismo, escribió un ensayo "A propósito de Dante" (Contra los poetas, Sequitur, 2009) en el que ajusta cuentas con el gran florentino. No es audaz ni novedoso sostener que la Divina comedia es un poema monumental, en su extensión y su genialidad poética, y Dante Alighieri es quizá el más alto poeta de Occidente; al menos así lo consideran muchos críticos, y no necesariamente católicos.

Pero Gombrowicz lo corrige y lo enmienda, lo zarandea, como si se tratara del más triste poeta aficionado que presentara un poema lamentable en unos juegos florales. Corrige los versos, censura sustantivos y adjetivos, cuestiona la  imaginación, la visión de fondo: la concepción del Infierno. «Por mí se va a la ciudad doliente», canta Dante. Y Gombrowicz responde: «"La ciudad doliente" ¿No se ocurrió nada mejor? [...] podríamos escribir: Por mí se va a la ciudad sin fondo». La irreverencia no tiene límites, y Dante queda, para decirlo con una expresión popular, como santo Cristo en Viernes Santo.

Sin embargo, de la diatriba tomo un par de ideas e imagino una conjetura. Gombrowicz arremete contra la idea del Infierno y toda una teología: «No sólo Dante aprueba el Infierno, lo aprueba todo el Medievo. Él se limita a reiterar fórmulas, a repetir lo que una conciencia colectiva ya codificó.»

Y la idea del dolor que produce el Infierno es inaceptable. «El hombre real es el que siente dolor [...] en toda la extensión del Ser, sólo existe un elemento atroz, imposible, inaceptable, una única cosa verdadera y absolutamente opuesta a nosotros, que nos aplasta: el Dolor.»

El Infierno, ese lugar de castigo eterno (por los siglos de los siglos de los siglos de los siglos...), es inhumano. Dice Gombrowicz: «ese Infierno no es verdadero. Las torturas son retóricas, los condenados declaman. La eternidad es la indolente eternidad de los monumentos.» Y esa realización del Infierno «se hizo posible sólo en una Atmósfera de Irrealidad perfectamente irresponsable.»

¿Cómo pudo extenderse esa idea, de Santo Domingo a los magnates del brazo secular, a los políticos, a los burócratas y se escondió en las funciones, en las tareas, en los oficios... para llegar a los verdugos?

El infierno es inhumano, infrahumano, sobrehumano. En la puerta del infierno dice, según Dante: «“Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza.” Responde Gombrowicz: «El infierno no es castigo, ya que el castigo lleva a la purificación, tiene un fin. El infierno es tortura eterna, y ese condenado dentro de diez millones de años gritará de dolor del mismo modo que está gritando ahora: nada, jamás, cambiará para él. Esto es algo intolerable, que nuestro sentido de la justicia rechaza.»

Borges admiraba la Divina Comedia, la leyó intensamente, memorizaba tercetos mientras viajaba en trolebús, escribió ensayos luminosos sobre ella, y sin embargo una cita suya aparece con frecuencia: «El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen tanto.»  La gloria eterna o la condena eterna por los actos de los hombres le parecía una exageración.

Cortázar creía que ese mundo que llamamos dantesco (el adjetivo ya es temible) es producto de una mente perversa, de una imaginación desquiciada, sobre todo por ser una invención colectiva. Saúl Yurkiévich admiraba la Divina Comedia, no sé si también censuraba esa idea del Infierno, pero la obra le parecía, como también a aquellos, lo que es: una construcción verbal portentosa.

Gombrowicz llegó a Argentina en 1939. Su plan era quedarse dos semanas, el inicio de la Segunda Guerra Mundial le impidió volver Polonia, a su país. Luego se lo impidió la dictadura comunista. Se quedó veinticuatro años en Buenos Aires. El ensayo sobre Dante y su poema fue escrito en 1966.

Me gusta imaginar que unos años antes, tal vez hacia 1950, la idea dantesca del Infierno se leía, se comentaba y se explicaba en los cafés porteños. No sugiero que Gombrowicz, Borges, Cortázar y Yurkiévich lo discutieran; tal vez no estuvieron juntos bajo el mismo techo, sino que el tema tenía una vigencia en Buenos Aires que animaba la lectura y generó, con el tiempo, la escritura de ensayos notables y audaces.

La posibilidad del diálogo entre estos escritores que hubiese animado esa polémica en Argentina es una conjetura o una anécdota imposible, y en realidad no importa. Es irrelevante si cruzaron juntos una puerta. En cambio es mucho más trascendente, inquietante y dantesco, detenerse en las palabras escritas en el dintel de la puerta del Infierno: «Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza.» 

31 de diciembre de 2016

Vargas Llosa y la infelicidad

Mario Vargas Llosa, con ochenta años bien cumplidos, lo ha tenido todo en esta vida. Como escritor posee una obra vasta y magnífica que lo sobrevivirá; como hombre ha gozado de salud, longevidad, fama, bienestar, reconocimientos y premios.

Ha incursionado en política, y se sube a un escenario como actor. Viaja por el mundo, a veces para escribir reportajes y artículos en lugares conflictivos, y, buen polemista, defiende sus ideas estéticas y políticas con pasión. Tiene hijos, nietos, y se ha casado dos o tres veces. Es uno de los hombres de nuestro tiempo. Y así, declara que no es feliz.

Definir la felicidad es muy complicado, y ha sido desde Aristóteles y Epicuro tarea de filósofos, sin olvidar a los charlatanes y gurús contemporáneos que la ofrecen a precio de saldo (sus libros están en mesa de novedades de las librerías), pero no es muy aventurado afirmar que ser feliz es estar satisfecho con uno mismo y el entorno, y de la capacidad de gozar de los dones de la vida en compañía de seres queridos, incluidos entre éstos a los amigos. Ejercer la actividad que nos apasiona, ejercer el oficio elegido libremente, son condiciones para sentirse satisfecho y feliz.

No es el caso de Vargas Llosa, a pesar de que ha tenido una existencia que muchas personas considerarían dichosa. Su situación personal es eso, y un asunto privado, pero él gran escritor ha vinculado su vida con la literatura. Dice Vargas Llosa en dos declaraciones recientes:

«La materia prima de la literatura no es la felicidad sino la infelicidad humana, y los escritores, como los buitres, se alimentan preferentemente de carroña.» Y «Escribo porque no soy feliz. Escribo para luchar contra la infelicidad.»

La felicidad goza de poco prestigio literario. Un final feliz está bien para los cuentos de hadas y las películas para niños, pero no para la literatura pura y dura de un premio Nobel. Pareciera que escribir un relato o una novela donde reine la felicidad debiera ser motivo de escarnio y desdén. La literatura se ocupa de la presencia del hombre en la Tierra y esa estancia es trágica por definición.

Tenemos, entonces, en dos oraciones, una idea para aproximarse a la obra de Vargas Llosa. Se podría seguir la pista y hacer de la infelicidad una clave para dar contexto y sentido a su obra.

30 de diciembre de 2016

Traducciones, traductores

Verter un texto a otra lengua es, si el arte y ciencia de la traducción fuese un acto circense, un triple salto mortal con extremo grado de dificultad al vacío, sin red.

Tengo amigos profesionales de la traducción, y sé bien de sus desvelos, de sus luchas con los escollos insuperables (la figura ya es un escollo); los he visto fatigarse por desentrañar el sentido y la precisión y la belleza de textos imposibles; los he visto ejercer su oficio casi siempre mal pagado. Los he visto ir del texto al diccionario y a otro diccionario y a otras fuentes; Octavio Paz decía que un traductor es un hombre rodeado de diccionarios.

Traducir es darle vida a un texto en otra lengua; es hacer que la nueva versión diga casi lo mismo que en su lengua original. Es volver a escribir un texto que ya fue escrito por otro en otra lengua. Casi todos los traductores estarían más o menos de acuerdo con estas sentencias. Y también con esta: la traducción es imposible, sólo hay aproximaciones.

Tengo que preparar un artículo sobre Andrómaca, de Jean Racine. Si hubiera podido elegir, me habría inclinado por Berenice, y apoyado en George Steiner tendría una parte sustanciosa del trabajo. En mi biblioteca encuentro tres versiones. No recordaba que las tuviera. No me dedico al teatro ni soy especialista en teatro francés y mucho menos en Racine, pero el punto es que tengo tres. Tendré que elegir alguna. Voy del original a las versiones. Sus diferencias son tan profundas y esenciales, sus aproximaciones al texto, sus omisiones y añadidos, que pareciera que alguna por momentos apuñala a Racine.

No las comento. Eso daría para un artículo en una revista de filología, para un proyecto de tesis. Sólo presento el incio del diálogo de la primera escena del acto primero de la Andrómaca de Racine.

Escena Primera
Orestes, Pílades

Versión de M. Pérez Ferrero y R. Santos Torroella (Austral, Buenos Aires, 1948):

Orestes.- Ya que vuelvo a encontrar a un amigo tan fiel como vos, espero que mi fortuna tomará un nuevo cariz. Y también, puesto que Harmione se ha preocupado de venir a hallarnos aquí, parece que se dulcifica su irritación. ¿Quién hubiera dicho que una perspectiva tan funesta a mi amor,* comenzaría por hacer que Pílades apareciese ante los ojos de Orestes y que después de haberte perdido habría de recobrarte, al cabo de seis meses, en la corte de Pirro?

Pílades.- Doy gracias al cielo porque, desde el día fatal en que la furia de las aguas distanció nuestras naves, casi a la vista de Espiro, parecía, al detenerme continuamente, que me cerraba las puertas de Grecia. ¡Cuántos riesgos padecí en este exilio! ¡Cuántas lágrimas he derramado al pensar en vuestras desventuras, temiendo siempre para vos algún nuevo daño que a mi triste amistad no le sería dado compartir! Y lamentaba, sobre todo, esa melancolía en la que por tanto tiempo he visto sepultada vuestra alma. Temí que el cielo os concediera la cruel ayuda de proporcionaros la muerte que tanto deseábais. Mas yo os veo, señor; y si me es dado decirlo, creo que un destino mejor es el que os conduce hasta aquí: el brillante séquito que sigue vuestros pasos no es, ciertamente, el de un desgraciado que buscara la muerte.

* Orestes ama a Hermione, y ésta lo rechaza.



Traducción de María Dolores Fernández Lladó (Ediciones Cátedra, Madrid, 1999):

Orestes
Sí, puesto que vuelvo a encontrar a tan fiel amigo,
entiendo que mi destino empieza a cambiar;
ya su cólera parece dulcificada,
dado que se preocupa por reunirnos aquí.
Quien creyera que, en orillas para mí tan funestas,
se me mostraría en primer lugar el rostro de Pílades;
que tras seis meses de creerte perdido,
me serías devuelto en la corte de Pirro. 

Pílades
Gracias doy al cielo que, interponiéndose sin tregua,
 parecía haberme cerrado el camino de Grecia.
Desde el día fatal en que el furor de las aguas,
casi a la vista del Epiro, separó nuestras naves,
¡cuántos sobresaltos he sufrido en el exilio!
¡Cuánto llanto derramado por vuestras desgracias,
temiendo siempre algún nuevo peligro para vos
que mi pobre amistad no podía compartir!
Sobre todo recelaba de esa melancolía
que por tan largo tiempo sepultó vuestra alma.
Temí que el cielo, en su clemencia cruel,
os brindara la muerte que tanto anhelabais.
Mas ahora os veo, señor, y me atrevo a decir,
que un destino más feliz os conduce al Espiro.
El pomposo cortejo, que hasta aquí os acompaña,
no es el de un desdichado que desea la muerte.



Traducción de Paloma Ortiz García (Gredos, Madrid, 2003):

Orestes:
Sí, ya que me encuentro un amigo tan fiel
adoptará un nuevo aspecto mi suerte.
Su ira parece haberse suavizado
desde que aceptó* venir aquí a verme.
¿Quién hubiera dicho que esta costa funesta
para mis deseos lo primero traería
a Pílades a ponerlo ante Orestes?
¿Que tras más de seis meses que te había perdido
me serías devuelto en la corte de Pirro?

Pílades:

¡Gracias doy al cielo! Deteniéndome siempre,
parecía tenerme cerrada la Hélade
desde el día fatal en que el furor de las aguas
a vista del Epiro separó nuestros rumbos.
¡Cuántas alarmas pasé en este exilio!
¡Cuánto llanto vertí por vuestras desdichas
temiendo que en nuevos peligros cayerais
que mi triste amistad no fuera a compartir!
Sobre todo temía esa melancolía
en la que vuestra alma había estado enterrada.
Temía que el cielo, con socorro cruel,
la muerte os deparara que siempre buscabais.
Mas os veo, Señor; y, si puedo decirlo,
más feliz destino os trae al Epiro.
El pomposo aparato que os viene siguiendo
no es el de un desdichado que busca la muerte.

*Entiéndase como sujeto «la fortuna».


Al parecer, en ese oficio tan ingrato, hasta san Jerónimo ha sido reprendido. Yo sólo comparto mi asombro y  mi incertidumbre a la hora de elegir una versión. Las diferencias son tan relevantes y significativas, que es indispensable recurrir a Racine, al original en francés.

29 de diciembre de 2016

La concisión, la brevedad

El Capítulo VIII del Quijote es el de la aventura de los molinos de viento. Es uno de los más conocidos, y ese es justo la razón de este apunte. Don Quijote y Sancho van por el campo y descubren treinta o cuarenta molinos de viento. 

Don Quijote, ansioso en su locura por entrar en acción, dice que son gigantes y que piensa entrar con ellos en batalla. Sancho le advierte que son molinos, no gigantes. Don Quijote le dice que si tiene miedo y se haga a un lado. Amenaza a sus enemigos. Todo esto lleva apenas una página, y luego escribe Cervantes: 

«Levantose en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por Don Quijote, dijo:
»–Pues aunque movías más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
                Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rondando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.»

Eso es todo. Esta, una de las escenas más famosas de la literatura, una de las más comentadas por lectores y especialistas, una de las más dibujadas y representadas, una que conoce hasta un chino monolingüe, se extiende a lo largo de un párrafo de poco más de cien palabras. 

La escena no se repetirá, por supuesto, ni se volverá a ella de manera relevante en la novela. Habrá otros gigantes y enemigos, pero no molinos. Todavía, los turistas van a Campo de Criptana, en Castilla-La Mancha a ver los molinos que embistió Don Quijote.

¿Cuál es la clave o el secreto de esta escena, su fuerza épica, quijotesca, trágica y cómica? Tal vez en que es todo eso a la vez. Esa escena, imbatible en su eficacia, es una lección ejemplar de concisión y brevedad. 

Pero hay otras. El canto de las sirenas en la Odisea también ocurre una sola vez y en unas cuantas palabras. También la escena de Penélope tejiendo y destejiendo es breve, y aparece casi como un comentario marginal, y tiene una fuerza decisiva en el curso del relato, en el devenir de la historia, y aún se discute y debate el papel que desempeña ese gesto para preservar su fidelidad conyugal. 

También Homero cuenta en la Odisea la aventura de Ulises con Polifemo con una brevedad asombrosa, y así es también la escena de Sísifo. Y Dante cuenta las penas y los amores de Francesca y Paolo en tres decenas de versos. Y Shakespeare, entre otros,  muestra su arte en el monólogo de Hamlet, que no es más extenso. 

No sería difícil encontrar otros ejemplos entre esos clásicos, en su capacidad de decirlo todo en una página o una escena. De agotar, sí, un tema en una tragedia, en un poema definitivo, en una gran novela. Las suyas son lecciones de contundencia, sabiduría, claridad, brevedad y precisión cuya eficacia y belleza despiertan admiración y nos iluminan desde hace siglos. 

El lápiz

Es el más fiel, el más cercano, el más antiguo de nuestros amigos. Desde la infancia nos acompaña en cada momento, todos los días, y sigue ahí, en el bolsillo, en el portafolios, en la taza sobre la mesa en la que, enhiesto como antigua lanza de punta afilada, está listo para escribir o dibujar. 

Sacarle punta a un lápiz es un placer infantil que permanece intacto con los años. Y mirar cómo se gasta con el uso y se hace cada vez más pequeño, encierra más enseñanza y sabiduría que muchas lecciones escolares. Guarda un misterio y una mitología que, como la vida, nunca acaba por explicarse del todo. 


Un lápiz desgastado revela el paso del tiempo, las arduas horas de ejercicios y borradores, los cuadernos que acumulan en letras y números lo que de sí mismo va perdiendo. Un lápiz se inmola por nuestra escritura. Por los versos de un poeta, las razones de un filósofo, las líneas y sombras del dibujante, por la aritmética de un niño, los ejercicios del estudiante y los cálculos del ingeniero. 


Y en el otro extremo se encuentra la goma, que tiene poderes mágicos, pues si es de buena calidad y se usa con cuidado puede borrar lo desechado, eliminar un error, enmendar un yerro. Algo tiene un lápiz de varita mágica, de batuta, de vehículo del pensamiento. 


Y el sacapuntas, el afilador indispensable, el que en cruel paradoja permite que el lápiz tenga punta al tiempo que pierde cuerpo y estatura, es tan ajeno, externo y extraño, que los hay en todas las formas imaginables y, algunos, por extraño que parezca, son eléctricos. 


Es difícil encontrar otro instrumento más sencillo, más útil, más noble. Nada tiene de socrático, pero es el mejor aliado de la memoria, de lo que hemos imaginado, contado, pensado y dicho. 


En su sencillez, en su perfecta eficacia, en su inmejorable diseño, un lápiz nunca se acaba, aunque quedé inservible. Lisiado por someterse a la cuchilla del sacapuntas, el cabo que permanece guarda el alma del lápiz y nos recuerda sus impagables servicios. Por eso los que uso y los que me da mi hija, reducidos a su mínima expresión (
el lápiz rey mide tres centímetros), los guardo en mi estudio en un frasco de vidrio. 

Yo no creo que un lápiz sólo sea sólo un utensilio, un objeto de madera y grafito. Es también nuestra escritura y nuestros sueños, y al empuñarlo es una extensión nuestra, y un poco lo que somos y lo que hacemos.

28 de diciembre de 2016

Miradas

La singularidad de un artista está en su mirada. En encontrar donde nadie antes había visto nada, en encontrar el escorzo, el punto que revela algo nuevo en lo ya visto . En reconocer lo que siempre ha estado ahí y nadie había nombrado de esa manera.

Una mirada revela una historia donde nadie había sospechado. Una mirada descubre figuras y composiciones que pareciera que ya estaban ahí pero nadie había desvelado. Como si la música ya estuviera en el aire y en el tiempo y sólo faltara el músico que la agitara para que se desprendiera el sonido y comenzara. Como si las arquitecturas prodigiosas estuvieran sostenidas en esa mirada hasta que la sostiene la solidez de sus materiales. Donde otros ven y acaso sienten lo mismo sin abrir la boca, el poeta levanta una oda, un tsunami de palabras.

Hay miradas dulces y otras que pareciera que levitaran. Algunas miradas se fugan, otras se levantan en rebeldía. Hay miradas que erigen realidades que a veces no son de este mundo. Hay miradas que erigen mundos que encienden las cotidianas realidades. Hay miradas fatales y otras que se fugan, otras se levantan en rebeldía.

Hay miradas de fuego y miradas de mar. De viento y de sal. Las hay nostálgicas y temerarias. Hay miradas ansiosas y frívolas, otras son esquivas y fugaces. Hay miradas elocuentes y otras silenciosas.
Es conveniente esquivar las embusteras, las embaucadoras, las que atraviesan como canto de sirena.

Hay miradas de inteligencia, y todas las letales son femeninas. Hay maneras de mirar y de encontrar, de reconocer los objetos y celebrar la belleza. En la mirada está la clave. Hay tantas maneras de mirar como de habitar el mundo.

Vecinos

La palabra rival procede de la latina rivus: arroyo. El rival es el que está del otro lado del río: el vecino. Es muy común que el adversario se encuentre detrás de las montañas o en la puerta de al lado. Si se hace un recuento de los casos en los que el enemigo es el vecino, se escribiría un capítulo clave de la historia de la infamia, de la Historia de los pueblos del mundo, y de no pocas tragedias familiares.

Las historias de abusos y actos inciviles de vecinos son parte de la vida en comunidad. Conozco el caso de dos familias rivales (¿los Montesco y los Capuleto eran vecinos?) que han perdido a tres miembros cada una por una rivalidad, un pleito del que ya nadie recuerda el origen, pero que al crecer en las ofensas y la violencia ya ha cegado seis vidas.

Tal vez la convivencia entre vecinos es el más alto punto de la civilización. No la creación del Estado y el contrato social como lo entienden los sabios y los profesores, sino el tolerar en paz la presencia de ciertos vecinos todos los días. Debería instituirse una medalla al mérito cívico por soportar la compañía de algunos vecinos.

Aunque también es cierto que entre los vecinos hay gestos solidarios, franca amistad, ayuda solidaria, y a veces las buenas relaciones acaban en compadrazgos, noviazgos y matrimonios que se fraguaron en el patio común o en el cubo de la escalera del edificio. (En su inicio, Playboy pretendía encontrar a sus modelos en la chica guapa de la casa de junto. Era una fórmula optimista, una forma amable de decir que la belleza está en todas partes. Y, claro, hubiera sido muy estimulante tener por rival, ahí, luego luego, casi sin salir de casa, a una modelo de esa revista.)

 El malogrado Luis Ignacio Helguera escribió hace años un artículo memorable sobre la música de los vecinos. Soportarla algo tiene de prueba de los dioses, de ejercicio de templanza, de preparación espiritual en el dominio de las pasiones y práctica de las virtudes capitales. Ya que es inevitable escucharla, lo mismo a las dos de la tarde y a las dos de la madrugada, uno se pregunta cómo puede llenarse la gente la cabeza de tanta basura.

No hace falta creerse mejor que otros. No hay soberbia ni presunción frívola. Ni llegar a los extremos y provocaciones de Cioran: «Sin Bach, la teología carecería de objeto, la Creación sería ficticia, la nada perentoria. Si alguien debe todo a Bach es sin duda Dios.» Simple y llanamente la paz y el silencio son invaluables, así como la buena música. Y la buena música (no es necesario explicarla) casi nunca es la que viene de la casa del vecino.

George Steiner lo sabe. Y lo dijo así, con profunda sabiduría: «Vivimos en un mundo en el que el poder más terrible es el ruido. El silencio es el lujo más caro. Tienes que ser muy rico para no oír la música del vecino.»

27 de diciembre de 2016

El bar de las grandes esperanzas

Si valoráramos los libros por su permanencia en el ánimo, por la viveza de su recuerdo, porque continuamos dialogando con ellos mucho después de haber leído la última página, entonces para mí el libro del año es The Tender Bar: a Memoir (El bar de las grandes esperanzas; Duomo), de J. R. Moehringer.

En estas memorias, que pueden leerse como una novela, encuentra su sitio el anhelo del padre ausente, la tragicómica casa de los abuelos, la madre, pero sobre todo la búsqueda de una imagen paterna en un tío y sus amigos en un bar. Las relaciones de J. R. con el bar, con el alcohol, claro pero también con el entramado de personajes y situaciones que encuentra ahí se hacen esenciales en su formación. El protagonista creció y se hizo hombre en un bar, y tener un bar por hogar es algo definitivo.

La dulzura de la madre y la ternura, sí, ternura, que revelan en el bar la caterva de hombres rudos que van ahí a buscar una copa y una alegría, es una de las revelaciones del libro. Policías, agentes, hombres de negocios, oficinistas y empleados, revelan sus carencias, sus miserias y su necesidad de afecto.

Y el humor que yace en las escenas o momentos del libro de cada capítulo de pronto desata la simpatía incondicional o la carcajada, y no quisiera dejar de leer pero tampoco que avanzarán las páginas, en un estado de gracia que pocas veces se consigue con tal plenitud. Sin lecciones morales ni moraleja, sólo el relato duro y puro de los sucesos elegidos para contar el devenir de una vida, El bar de las grandes esperanzas gana y convence por una razón simple: está contado con honestidad.

Moehringer, periodista de prosa exacta y transparente, ganó un premio Pulitzer por un reportaje notable. Decir que su libro está bien escrito no es del todo exacto, ni justo. El suyo es un libro con una escritura limpia, precisa, clara, de una aparente sencillez que me ha despertado una admiración incondicional. Y con todo, aunque escriba estos libros, no creo que Moehringer logré otro libro igual. Me encantaría, como lector entusiasta, equivocarme en ese juicio.

Un libro así, que viene de lo más hondo, de lo más íntimo, de la mirada que extrae belleza de la amargura y el dolor es difícil que encuentre un par. Y con frecuencia ese libro solitario dice más que la docena de volúmenes de otros autores insulsos que desaparecerán sin remedio. Moehringer es de esos que escriben a partir de su experiencia pero se vierten por entero en un libro, a veces urgente, necesario, esencial.

El bar de las grandes esperanzas es uno de ellos, y por lo tanto buena literatura. A su manera, es un libro que no se agota. Aún no la comienzo, y ya empiezo a gozar de los placeres de la primera relectura.

Beatles forever

Sucede todo el tiempo. Me pasa a mí, a ti, a él, a ella. Al menos eso espero. Basta interesarse por algo, un personaje histórico, un filósofo, un escritor, un animal, una ciudad, un movimiento artístico para empezar a encontrar en cualquier sitio y en los momentos más inesperados, menciones, información, documentos, fotos, noticias, videos o grabaciones sobre el objeto de nuestra atención.

Supongo que a alguien le sucede con frecuencia haber visto el billete premiado de la lotería en un escaparate, o encontrar en la calle a la persona que apareció la otra noche en sus sueños. Cosas así suceden con pasmosa frecuencia, a veces le llamamos azar.

A mí me sucede que desde hace un tiempo escucho todos los días una canción de los Beatles. No sé desde cuándo ni cómo ni por qué, pero ahora pasa con implacable cotidianidad. El juego, si es tal, consiste en no intervenir ni procurar que suceda, simplemente en estar alerta e identificarlo cuando tenga lugar.

El fenómeno, si es tal, no tendría ningún sentido si yo pusiera la canción en alguna máquina o equipo de sonido, o si encendiera la radio a "La hora de los Beatles" (alguien me ha dicho que ese programa es el más antiguo del mundo sobre los chicos de Liverpool).

Tampoco valdría que yo, por ejemplo, silbara o tarareara una melodía para inducir o motivar a alguien a que pusiera un disco. Y menos aun que alguien produjera una canción para complacerme o hacer que el rito, si es tal, se cumpliera un día más.

La ceremonia, si es tal, ocurre a cualquier hora, de día o de noche, en un taxi, un elevador, la sala de espera del cardiólogo, en un vestíbulo, en una cafetería, en un gran almacén, en una película o en la peluquería. El acaecimiento, si es tal, acontece, eso sí, en versión original o en un arreglo instrumental, o como una pieza de jazz. (A los Beatles lo han interpretado cantantes de ópera, orquestas sinfónicas, cantantes pop, rockeros, mariachis, grupos de salsa, etc.)

El suceso, si es tal, con su constancia, es como el paso de las horas o la cambiante luz del sol durante el día. Sí, escuchar una canción al día me produce una gratificante sensación de alivio. No soy supersticioso, pero me gustaría seguir escuchando una canción de los Beatles sin que yo intervenga.

Se ha vuelto parte del orden cósmico, un hecho telúrico, un rasgo de la normalidad. No pienso en catástrofes ni soy fatalista, y estoy seguro de que no me convertiré en una morsa, pero no me gustaría que dejara de suceder. Don't let me down.

23 de diciembre de 2016

Casi un maniquí

Escucho sus pasos, rítmicos y firmes. Avanza como un buque de proa poderosa. Sus irrupciones son esporádicas, como si supiera que su presencia agita las aguas con furia oceánica. La encuentro en los pasillos; nada sé de ella, ni si nombre ni su oficio. No sé si le gustan las berenjenas y los gatos, los atardeceres, la luna o el color amarillo.

Camina por el pasillo como si partiera plaza, el ritmo de sus manos instruye al metrónomo, y su cabellera orienta con autoridad a la rosa de los vientos. No hay timidez ni reserva en su mirada, sino todo lo contrario, una provocación en fuga, una soberbia alzada, una falsa voluntad de ausencia.

Tiene un gusto delicado, y hace a cada paso una celebración de sí misma. Cultiva con esmero cada detalle de su arreglo personal. Posee un sentido muy desarrollado de la elegancia; más distinguido y sobrio porque pareciera que ese arte ya no se cultiva. Nada es casual en su porte, en cada accesorio, en las precisas y afortunadas combinaciones de su guardarropa de revista francesa. 

Mirarla altera el curso de ciertas mareas, inunda la mañana de quimeras. Todo en ella es gracioso: el cabello largo, pesado, hondo, que enmarca un rostro de ojos oscuros, naricilla respingona y, para decirlo con el poeta, de tez de café con leche. Y sólo concederá que es bonita el que apenas la vio de reojo en un espejo opaco.

Su talle es una celebración del goce de la geometría, la expresión viva de ciertas líneas curvas, el equilibrio justo de la armonía y el movimiento. Va muy digna y muy recta, implacable, agresivamente femenina: tacones temerarios en las altas botas negras, medias negras caladas, falda negra corta y ajustada, suéter negro ceñido, y la cabellera negra suelta. Sí, es luminosa y semeja una aparición convocada. 

 Su encanto brilla en una estampa clásica, fuera del tiempo. Y, sin embargo, antes que caminar, desfila; y antes que ser, se exhibe. Y no sabe sonreír. Va inexpresiva y chic, casi un maniquí. Pasa y deja un rastro de perfume, de aire frío, y una larga estela de desdén, soberbia y altivez. 

22 de diciembre de 2016

Feliz, feliz navidad

No soy el único. No estoy sólo, pero sí aislado. Desde antes de diciembre, otros, como yo, también empiezan a sentir esa opresión que lejos de la alegría despierta emociones y sentimientos melancólicos y tristes. Los comerciantes nos acosan con sus mercancías y ofertas, con sus anuncios zafios y ordinarios. A mediados de diciembre, el llamado espíritu navideño ha clavado sus dientas en el cuello y se respira en el aire como un pacto de estulticia y engaño o enajenación colectiva.

La gente corre a gastar más de que tiene, a desear felicidad a quienes desprecian y evitan todo el año. Las casas se iluminan de lucecitas baratas y árboles de verdad que en unos días veremos morir en el centro de la sala. Medio mundo sin ningún pudor prodiga abrazos y besos, felicitaciones, se siente obligada a dar regalos por compromiso (muy pocos se entregan por cariño), injustificados, porque el beneficario no es el del cumpleaños y ha llegado a estas fiestas sin haber hecho algo digno de mérito y celebración.

La majadería y vulgaridad de los objetos con los llamados motivos navideños alcanza sin piedad lo inverosímil (pocas cosas en el mundo más horteras que ese personaje siniestro llamado Santa Claus). En todas partes se oyen cancioncitas dulces y tontas. Se hacen planes y compromisos para comer y beber en exceso, para apurar lo que no se dijo ni hizo en todo el año, para convivir con pocos amigos y con algunos otros que olvidaremos hasta bien entrado el próximo diciembre.

Ya está aquí la Navidad, que en sus rasgos sociales más visibles y molestos es todo menos una fiesta religiosa, cristiana. La presión familiar por reunirse y celebrar se torna una soga al cuello. Uno puede sentirse culpable por el profundo desdén que siente hacia todos esos actos que aparecen como una temporal vesania colectiva; uno está obligado a participar de las celebraciones de la tribu y fingir una felicidad súbita, de pronto estimulada por el calendario, la tradición o el aniversario del nacimiento de Jesús; uno se encuentra perseguido para seguir el falso juego de la paz y la armonía en los corazones y todos los hogares.

Negarse a participar de buena gana en la gran mascarada simplemente porque uno no comparte el código emocional y sentimental que la motiva, es asunto de anatema y condenas y conflictos. Florece el chantaje y las malas artes.

Yo quisiera que la libre y soberana decisión de no celebrar la Navidad se convirtiera en uno de los derechos humanos fundamentales. Que los otros entendieran y respetaran ese derecho. En esta época del año, pareciera que uno pierde su individualidad y la facultad de decir: “No, gracias, no quiero participar. Es el aniversario del nacimiento de Jesús, pero eso no es suficiente para que vaya al baile o al bacanal”.

No me opongo a que otros festejen y lo hagan como mejor les parezca, pero yo sólo pido que respeten a los que no queremos hacerlo a su manera, los que de lejos le decimos a esa gran mayoría: “En estos días, y en particular en Nochebuena, por favor déjenme en paz. Sin embargo, les deseo que tengan una muy, muy feliz Navidad”. Amén.

(Este apunte se publicó en este Cuaderno de bitácora de lo casi inadvertido el 20 de diciembre de 2011. He considerado pertinente volver a publicarlo en estas fechas.)

Cesare Pavese y las mujeres

Tenía la impresión, ligera, apresurada, de que el escritor que tuvo las relaciones más desafortunadas y complicadas con las mujeres fue Borges; ahora pienso que las desdichas amorosas de Cesare Pavese son mucho más que una serie de fracasos, en realidad el sino de su vida. Nunca fue amado por ninguna mujer, nunca dejó de buscar una a la que amar.

Desde el principio su vida amorosa fue un desastre. Y nunca mejoró. Pavese fracasó desde la adolescencia: esperó bajo el frío y la lluvia durante horas a una bailarina que huyó de él por otra puerta.

Por otra mujer se puso en peligro. Enamorado de Tina Pizzardo, pareja de un comunista preso, aceptó ser el intermediario y recibir en su casa la correspondencia. Eran los años durísimos del fascismo. En 1935, alguien lo delató, y la policía registró la casa de Pavese, encontró cartas comprometedoras y fue acusado de antifascismo; fue encarcelado y luego confinado en Brancaleone, un pueblo calabrés.

Pavese enviaba notas a Tina, le hablaba de su sacrificio, de su afecto. Escribió en su diario, que lleva el bello nombre de Il mestiere di vivire (El oficio de vivir): «Mi historia con ella no está hecha de grandes escenas, sino de sutilísimos momentos interiores... Es atroz este sufrimiento». Tina le mostraba un desdén absoluto, y Pavese sufrió por ella, por la falta de noticias.

En una carta a su hermana María: «Hace mucho tiempo que no tengo ni un saludo de... y no sé si estará ofendida conmigo. Yo sigo esperando», y en otra carta a María: «¿Cuándo se cansarán de fingir que no se enteran que pido noticias, noticias, noticias y una postal firmada por...? Hace un mes que no pido otra cosa.»

Después de un año de confinamiento, en 1936, Pavese volvió a Turín. Enterarse que Tina estaba por casarse con otro, y el desengaño de que ella ignoró por completo las cartas y los poemas que le había enviado, fue devastador. Se culpa a sí mismo de ese amor malogrado, de ser incapaz de expresarle su amor a una mujer. Dice en El oficio de vivir: «Un hombre no se lamenta del amor que le ha traicionado, sino del envilecimiento de no haber merecido su confianza.»

Se convence de que sus desventuras se deben por causa suya, y cultiva su culpa; y que la condición femenina es innoble. Sus sentimientos se extienden a su diario en algunas frases vergonzosas y lapidarias. Algunos críticos hablan de misoginia en sus libros, en el diseño y trato de sus personajes. En su diario habla de su circunstancia y la resuelve con elemental aritmética emocional; podría haber escrito: como soy un misógino, no quiero a ninguna pero sobre todo, por ello, ninguna me quiere.

Sólo y soltero a su pesar, Pavese buscaba desesperado el amor, y una esposa. Años después de haberla olvidado, escribe: «el golpe bajo que te ha dado Tina lo llevas siempre en la sangre...» Luego le pedirá matrimonio, entre otras, a amigas, compañeras, a mujeres que acaba de conocer. Tenemos noticias de algunas. En 1940, cuando Italia entra a la segunda Guerra Mundial, Pavese se entusiasma por Fernanda Pivano, una estudiante universitaria que le presentó Norberto Bobbio, el gran politólogo.

La frescura de Fernanda y sus profundos intereses culturales encantaron a Pavese al punto que le propuso patrimonio. Pese a la negativa, su amistad continuó, y a ella está dedicada una buena parte de la poesía de Pavese. Con el tiempo, la amistad se consolidó, Fernanda fue su confidente; en Pavese renació la ilusión de un amor, y un hogar.

Cinco años después, en el verano de 1945, justo al terminar la guerra, Pavese volvió a pedirle matrimonio. Fernanda volvió a rechazarlo, y dejó huella honda en su ánimo y, a su manera, en su literatura: «desde que la conozco ya no puedo aburrirme, me atormenta y estimula pensar en usted, y por lo tanto no escribo novelas».

En 1946, Pavese encontró en las oficinas romanas de la editorial Einaudi, donde trabajaba, a Bianca Garufi. Pavese se aventuró en una nueva pasión, intensa y desafiante, por la que también sufrió. Fue otra de sus relaciones sin futuro, pero ésta tuvo un rasgo intelectual. Como lo hizo Borges con algunas de las mujeres a las que pretendió, Pavese inició un libro en colaboración con Blanca, una novela en la que alternarían la autoría de cada capítulo. El libro, inconcluso, fue publicado unos años después de la muerte de Pavese.

La última decepción tenía todos los elementos de la tragedia. Pavese, profesor y traductor, experto en literatura estadounidense, se enamoró, en un viaje a Roma, en diciembre de 1949 de Constance Dowling, actriz estadounidense. Constance, bella y rubia, era una diosa de la belleza en busca de fortuna y dispuesta a interpretar su papel de mujer fatal. Tenía, muy a su pesar, todos los atributos necesarios para aniquilar a un solitario, un poeta melancólico, tímido, feo, decepcionado, de mal genio, aburrido y triste.

Luego del deslumbramiento en Roma, Constance y Pavese se reencontraron en Turín. Pavese sabe, siente que es su última oportunidad. Pavese no supo convencerla. Constance prefirió a un actor y marcharse con él a Hollywood. Cesare Pavese no fue capaz de resistir su rechazo, el rompimiento, el último desengaño amoroso. Había escrito: «Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desampara, la nada.» El desenlace era cuestión de pocos meses.

En una extraña carta, en agosto de 1950, dice: «¿Puedo decirte, amor, que nunca me he despertado con una mujer a mi lado, que cuando amé nunca me tomaron en serio, y que desconozco cómo es la mirada de gratitud que una mujer le dirige a un hombre?»

El 22 de marzo de 1950 firmó Verrà la morte e avrà i tuoi occhi (Vendrá la muerte y tendrá tus ojos), el poema más conocido de la literatura italiana contemporánea. Fue hallado en una carpeta, con otros nueve (ocho en italiano, dos en inglés) dedicados a Constance, en su escritorio en la editorial Einaudi.

Firmada en Turín, el 17 de abril, le escribió a Constance esta carta, tan clara y tan dura, tan dulce y desesperada:            

No tengo más aliento para escribir poesía. Las poesías llegaron contigo y se fueron contigo. He escrito ésta hace algunas tardes, durante largas horas mientras esperaba, vacilante, poder llamarte. Perdóname la tristeza, pero también contigo estaba triste. Observa que he comenzado con una poesía en inglés y la termino con otra cosa. En eso cabe toda la apertura que he experimentado en estos meses: el horror y la maravilla. Queridísima, no tomes a mal que siempre esté hablando de sentimientos que tú no puedes compartir. Por lo menos puedes comprenderlo. Quiero que sepas que te agradezco con toda el alma. Los pocos días de maravilla que he arrancado de tu vida eran casi demasiado para mí; bueno, ya pasaron, ahora comienza el horror, el horror desnudo y estoy preparado para afrontarlo. La puerta de la prisión ha vuelto a cerrarse con estrépito. Queridísima, no volverás nunca a mí, inclusive si regresas a Italia. Ambos tenemos determinadas cosas que hacer en la vida que tornan improbable que podamos encontrarnos de nuevo, excepto si nos casáramos, cosa que he anhelado desesperadamente. Pero la felicidad es algo que se llama Joe, Harry o Johnny; no Cesare. ¿Me creerás si te digo -ahora que no puedes tener sospechas de que estoy recitando para coaccionarte de alguna manera- que esta noche he llorado como una criatura pensando en mi suerte -y en la tuya- pobre mujer, fuerte, hábil, desesperada en la lucha por la vida? Si he dicho o hecho alguna vez cosas que no podías aprobarme, perdóname. Yo te perdono todo este dolor que me carcome el corazón, sí, te aseguro, le doy la bienvenida. Este dolor eres tú, la verdadera maravilla y el verdadero horror de ti. Rostro de primavera, adiós. Te deseo éxito en tus días y un matrimonio feliz, sí. Rostro de primavera, he amado todo de ti, no sólo tu belleza, lo cual sería demasiado fácil, sino tu fealdad, tus momentos desagradables, tu tache noir, tu rostro hermético. No te olvides de eso. [Cesare Pavese. Cartas (1926-1950)vol. II. Alianza Editorial. Traducción de María Esther Benítez.]  

El 26 de agosto le escribió a su amigo Giuseppe Vaudagna: «Estoy acabado. No tengo ganas de ver a nadie.  Pagaría en oro a un asesino que me apuñalara durante el sueño». Al otro día, el 27 de agosto,
Pavese ingirió diez bolsas de diebaribitúricos en una habitación del Hotel Roma de Turín.

21 de diciembre de 2016

Audrey y Hedy

En «El fracaso no es lo que parece», apunte de este blog, anoté que Hedy Lamarr, verdadera reina de belleza y notable ingeniera, fue la primera mujer en aparecer desnuda en una película. No es así. Hedy apareció desnuda en Éxtasis, película checoslovaca de 1933, pero esa película es recordada en particular por haber sido la primera vez que una actriz simulaba un orgasmo frente a la cámara. 

Por supuesto, fue condenada por círculos y ligas de las buenas conciencias y por el papa Pío XI. La vida de Hedy es muy conocida, pero su descomunal belleza, sus secretos inventos para usos militares, su fuga de Europa y de su primer marido (y los otros cinco que siguieron), sus escándalos, su llegada a Hollywood, su coronación como la más bella, su filmografía bien merecerían una película en la que, al parecer, no faltaría nada.

La primera actriz en aparecer desnuda fue Audrey Munson. El 18 de noviembre de 1915 fue estrenada Inspiration, película en la que Audrey Munson apareció completamente desnuda en una película no pornográfica, al menos en los Estados Unidos. 

La crítica recibió el filme con los brazos abiertos: «inspiradora e intelectual», «atrevida», «un triunfo del arte de la cinematografía», y la actuación de Audrey fue «inocente, modesta y sencilla», «un trabajo de valor educativo y artístico en extremo». Inspiration no fue censurada, para ello había que esperar el Código de Producción de Películas o Código Hays, de 1930.

Audrey Munson tuvo una vida trágica. De una belleza arrebatadora, fue «descubierta» a sus quince años por un fotógrafo que la impulsó a la fama. Durante diez años posó para los fotógrafos, pintores y escultores de Nueva York. Ella fue la modelo para al menos muchas estatuas y ornamentos de casas y edificios de la ciudad de Nueva York.

Hizo cuatro películas silentes, de las que sólo se conserva una: Purity, de 1916. Cuando el éxito sonreía a «La señorita de Manhattan», también conocida como la «Venus de América», un médico se enamoró de ella fatalmente. Desquiciado, mató a su mujer para poder casarse con Audrey. El médico, condenado a morir en la silla eléctrica, se suicidó en su celda.

Aunque Audrey no participó en el homicidio y no hubo cargos contra ella, fue repudiada y el escándalo acabó con su carrera. Se retiró a un pueblo llamado México, en el norte del Estado de Nueva York, donde vendía de puerta en puerta utensilios de cocina. El resto es un gesto cruel de la fatalidad. Un intento de suicidio, el deterioro de sus facultades. Tenía 39 años cuando un juez ordenó que la internaran en un psiquiátrico.

Audrey, tan guapa, desafiaba las normas y estereotipos de belleza. En un artículo para el New York American, hacia 1920, escribió: All girls cannot be perfect 36s, with bodies of mystic warmth and plastic marble effect, colored with rose and a dash of flame ... Of course not.» («Todas las mujeres no pueden ser perfectas a los 36, con cuerpos de místico calor y efecto de mármol plástico, coloreados de rosa y una pizca de llamas... Por supuesto que no»). 

Pasó en el hospital psiquiátrico 65 años, y murió allí, en 1996, completamente olvidada a los ciento cuatro años de edad. Queda una leyenda, una película, fotografías, y las más de quince esculturas para las que posó y que están ahí, a la vista de todos, desafiando al tiempo, en la ciudad de Nueva York.