10 de febrero de 2017

Las cartas de amor de Fernando Pessoa

Si un poeta forja su retrato a partir de sus versos, es difícil imaginar a Fernando Pessoa enamorado. Cuesta creer que alguna vez escribió ridículas cartas de amor, ya que «todas las cartas de amor son ridículas», decía su heterónimo, su doble, él mismo bajo el nombre de Álvaro de Campos.

Muy pocos autores imponen condiciones a su lector, exigen un estado de ánimo en particular, una hora, un lugar. Casi siempre uno puede abrir cualquier libro e iniciar su lectura y desentrañar sus secretos y misterios. Y es muy común que la reflexión y la emoción se fundan en un goce que puede no estar exento de pena, en una alegría que no siempre excluye la zozobra.

Para comprender el Libro del desasosiego, para leer a Pessoa con provecho, hace falta que el alma esté húmeda, empapada de vinagre o hiel, de una amargura fresca, de un desencuentro reciente; de haberse caído hacia dentro.

Para comulgar con él hace falta estar devastado por el infortunio, con la desesperanza a carne viva, con la visión extrema, lúcida y ciega, de la fatalidad ante las miserias intrínsecas y humanas de la existencia. Entregarse sin reserva a ese desasosiego prometido. A Pessoa hay que leerlo para no gritar como esa figura desquiciada del célebre cuadro de Edvard Munch.

Si Pessoa es a su manera muchos hombres, un poco como todos los hombres, entonces no tendría que sorprendernos su debilidad, breve y pasajera, de también escribir cartas de amor. Cartas a Ophélia (Libros del Zorro Rojo; Barcelona, 2010) reúne, en una edición muy bella, ilustrada, las cartas a una oficinista que, a principios de 1920, era algo así como la prometida de Pessoa.

Las primeras cartas son  simples, ancladas en lo cotidiano, salpicadas de señas para citas fugaces mientras van de un lugar a otro por Lisboa. Lo suyo no era la pasión. La gran poesía de Pessoa no está en esas cartas, antes lo contrario, y se antoja el suyo un amor casto y simple, sin saudade, ni celos, ni ilusión, ni amarguras y sufrimientos, ni metafísica.

De pronto, un relámpago de lucidez y honestidad: «Mira, hijita, no veo el futuro nada claro.» Y Ophélia tampoco lo tenía claro; más, no confiaba en él: pidió un prueba escrita en la que Pessoa declarase que era su pretendiente y que sus intenciones eran serias. Él accedió y le respondió: «Ahí va el "documento escrito" que me pide.»

En sus cartas ya invoca a otro, a un amigo, a un otro que es él mismo: ¡el ingeniero Álvaro de Campos! No sabemos qué sabía o qué pensaba Ophélia, o cómo se divertía Pessoa con su amigo y su novia, pero le dice en una carta que quiere pasear con ella a solas, «pues a ella, naturalmente, no le gustaría que se presentara ese distinguido ingeniero», y unas cartas después: «¡Me han cambiado por Álvaro de Campos.» Habla de su heterónimo como si fuera un hombre que en cualquier momento podría llegar y tocar a su puerta.

La primera carta está fechada el uno de marzo, y el veintinueve de noviembre escribe la de ruptura y despedida. Y aunque sólo han pasado nueve meses, Pessoa escribe: «El tiempo, que envejece las caras y el cabello, también envejece, pero aún más de prisa, las pasiones. La mayoría de la gente, porque es estúpida, consigue no darse cuenta de ello, y piensa que ama todavía porque ha contraído el hábito de sentirse amado.»

Ophélia pasa de «bebé» a «víbora» y luego a «avispa». Aparecen los reproches, y quizá la verdadera causa: yo no puedo casarme, yo voy «a mi exilio, que soy yo mismo». Sí, ese era Pessoa, el ensimismado, el entregado a su obra, a la búsqueda de sí mismo.

En 1929 reencuentra Ophélia y su relación no ha cambiado, y no avanza. Le dice al fin: «De casarme, sólo lo haría con usted. Queda por saber si el matrimonio, el hogar (o como quieran llamarle) son cosas compatibles con mi vida interior. Lo dudo. Por ahora, quiero organizar a la brevedad esa vida interior y mi trabajo. Si no consigo organizarme, claro está que nunca pensaré siquiera en pensar en casarme. Si la organizara en términos de ver que el matrimonio sería un estorbo, claro que no me casaré. Pero es probable que no sea así. El futuro ─y es un futuro próximo─ lo dirá.»

Se ha dicho que Pessoa era homosexual. Es muy probable, pero algunos hombres a cualquier precio piensan en el matrimonio para arreglar sus vidas, para ajustar cuentas con la soledad. Entregado a sí mismo, y los otros poetas que lo habitaban, vivía para su obra. Pessoa, compartía este rasgo con Kafka y López Velarde, que tampoco estaban hechos para vivir en pareja y en matrimonio.

Pessoa vivió su noviazgo por escrito, y es una pena que sus cartas apenas sean ridículas. «Las cartas de amor, si hay amor, / tienen que ser / ridículas. / Pero, al fin y al cabo, / sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor /sí que son / ridículas.»

El novio de Ophélia tal vez no era Pessoa sino Álvaro de Campos, el autor de «Tabaquería», el poeta que decía: «No soy nada. /Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.» El que apenas imaginaba un futuro, sí, entre paréntesis: «(Si me casara con la hija de mi lavandera tal vez fuera feliz).»

Tal vez en un arrebato de locura o sensatez Fernando Pessoa pensó que con Ophélia sería feliz, pero ella era una modesta oficinista, no la hija de su lavandera. Además, el que imaginó ese verso no fue él sino su amigo el ingeniero Álvaro de Campos. Tal vez todo fue un error, una desastrosa confusión.

30 de enero de 2017

Dante en Buenos Aires

Witold Gombrowicz, fiel a sí mismo, escribió un ensayo "A propósito de Dante" (Contra los poetas, Sequitur, 2009) en el que ajusta cuentas con el gran florentino. No es audaz ni novedoso sostener que la Divina comedia es un poema monumental, en su extensión y su genialidad poética, y Dante Alighieri es quizá el más alto poeta de Occidente; al menos así lo consideran muchos críticos, y no necesariamente católicos.

Pero Gombrowicz lo corrige y lo enmienda, lo zarandea, como si se tratara del más triste poeta aficionado que presentara un poema lamentable en unos juegos florales. Corrige los versos, censura sustantivos y adjetivos, cuestiona la  imaginación, la visión de fondo: la concepción del Infierno. «Por mí se va a la ciudad doliente», canta Dante. Y Gombrowicz responde: «"La ciudad doliente" ¿No se ocurrió nada mejor? [...] podríamos escribir: Por mí se va a la ciudad sin fondo». La irreverencia no tiene límites, y Dante queda, para decirlo con una expresión popular, como santo Cristo en Viernes Santo.

Sin embargo, de la diatriba tomo un par de ideas e imagino una conjetura. Gombrowicz arremete contra la idea del Infierno y toda una teología: «No sólo Dante aprueba el Infierno, lo aprueba todo el Medievo. Él se limita a reiterar fórmulas, a repetir lo que una conciencia colectiva ya codificó.»

Y la idea del dolor que produce el Infierno es inaceptable. «El hombre real es el que siente dolor [...] en toda la extensión del Ser, sólo existe un elemento atroz, imposible, inaceptable, una única cosa verdadera y absolutamente opuesta a nosotros, que nos aplasta: el Dolor.»

El Infierno, ese lugar de castigo eterno (por los siglos de los siglos de los siglos de los siglos...), es inhumano. Dice Gombrowicz: «ese Infierno no es verdadero. Las torturas son retóricas, los condenados declaman. La eternidad es la indolente eternidad de los monumentos.» Y esa realización del Infierno «se hizo posible sólo en una Atmósfera de Irrealidad perfectamente irresponsable.»

¿Cómo pudo extenderse esa idea, de Santo Domingo a los magnates del brazo secular, a los políticos, a los burócratas y se escondió en las funciones, en las tareas, en los oficios... para llegar a los verdugos?

El infierno es inhumano, infrahumano, sobrehumano. En la puerta del infierno dice, según Dante: «“Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza.” Responde Gombrowicz: «El infierno no es castigo, ya que el castigo lleva a la purificación, tiene un fin. El infierno es tortura eterna, y ese condenado dentro de diez millones de años gritará de dolor del mismo modo que está gritando ahora: nada, jamás, cambiará para él. Esto es algo intolerable, que nuestro sentido de la justicia rechaza.»

Borges admiraba la Divina Comedia, la leyó intensamente, memorizaba tercetos mientras viajaba en trolebús, escribió ensayos luminosos sobre ella, y sin embargo una cita suya aparece con frecuencia: «El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen tanto.»  La gloria eterna o la condena eterna por los actos de los hombres le parecía una exageración.

Cortázar creía que ese mundo que llamamos dantesco (el adjetivo ya es temible) es producto de una mente perversa, de una imaginación desquiciada, sobre todo por ser una invención colectiva. Saúl Yurkiévich admiraba la Divina Comedia, no sé si también censuraba esa idea del Infierno, pero la obra le parecía, como también a aquellos, lo que es: una construcción verbal portentosa.

Gombrowicz llegó a Argentina en 1939. Su plan era quedarse dos semanas, el inicio de la Segunda Guerra Mundial le impidió volver Polonia, a su país. Luego se lo impidió la dictadura comunista. Se quedó veinticuatro años en Buenos Aires. El ensayo sobre Dante y su poema fue escrito en 1966.

Me gusta imaginar que unos años antes, tal vez hacia 1950, la idea dantesca del Infierno se leía, se comentaba y se explicaba en los cafés porteños. No sugiero que Gombrowicz, Borges, Cortázar y Yurkiévich lo discutieran; tal vez no estuvieron juntos bajo el mismo techo, sino que el tema tenía una vigencia en Buenos Aires que animaba la lectura y generó, con el tiempo, la escritura de ensayos notables y audaces.

La posibilidad del diálogo entre estos escritores que hubiese animado esa polémica en Argentina es una conjetura o una anécdota imposible, y en realidad no importa. Es irrelevante si cruzaron juntos una puerta. En cambio es mucho más trascendente, inquietante y dantesco, detenerse en las palabras escritas en el dintel de la puerta del Infierno: «Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza.» 

31 de diciembre de 2016

Vargas Llosa y la infelicidad

Mario Vargas Llosa, con ochenta años bien cumplidos, lo ha tenido todo en esta vida. Como escritor posee una obra vasta y magnífica que lo sobrevivirá; como hombre ha gozado de salud, longevidad, fama, bienestar, reconocimientos y premios.

Ha incursionado en política, y se sube a un escenario como actor. Viaja por el mundo, a veces para escribir reportajes y artículos en lugares conflictivos, y, buen polemista, defiende sus ideas estéticas y políticas con pasión. Tiene hijos, nietos, y se ha casado dos o tres veces. Es uno de los hombres de nuestro tiempo. Y así, declara que no es feliz.

Definir la felicidad es muy complicado, y ha sido desde Aristóteles y Epicuro tarea de filósofos, sin olvidar a los charlatanes y gurús contemporáneos que la ofrecen a precio de saldo (sus libros están en mesa de novedades de las librerías), pero no es muy aventurado afirmar que ser feliz es estar satisfecho con uno mismo y el entorno, y de la capacidad de gozar de los dones de la vida en compañía de seres queridos, incluidos entre éstos a los amigos. Ejercer la actividad que nos apasiona, ejercer el oficio elegido libremente, son condiciones para sentirse satisfecho y feliz.

No es el caso de Vargas Llosa, a pesar de que ha tenido una existencia que muchas personas considerarían dichosa. Su situación personal es eso, y un asunto privado, pero él gran escritor ha vinculado su vida con la literatura. Dice Vargas Llosa en dos declaraciones recientes:

«La materia prima de la literatura no es la felicidad sino la infelicidad humana, y los escritores, como los buitres, se alimentan preferentemente de carroña.» Y «Escribo porque no soy feliz. Escribo para luchar contra la infelicidad.»

La felicidad goza de poco prestigio literario. Un final feliz está bien para los cuentos de hadas y las películas para niños, pero no para la literatura pura y dura de un premio Nobel. Pareciera que escribir un relato o una novela donde reine la felicidad debiera ser motivo de escarnio y desdén. La literatura se ocupa de la presencia del hombre en la Tierra y esa estancia es trágica por definición.

Tenemos, entonces, en dos oraciones, una idea para aproximarse a la obra de Vargas Llosa. Se podría seguir la pista y hacer de la infelicidad una clave para dar contexto y sentido a su obra.

30 de diciembre de 2016

Traducciones, traductores

Verter un texto a otra lengua es, si el arte y ciencia de la traducción fuese un acto circense, un triple salto mortal con extremo grado de dificultad al vacío, sin red.

Tengo amigos profesionales de la traducción, y sé bien de sus desvelos, de sus luchas con los escollos insuperables (la figura ya es un escollo); los he visto fatigarse por desentrañar el sentido y la precisión y la belleza de textos imposibles; los he visto ejercer su oficio casi siempre mal pagado. Los he visto ir del texto al diccionario y a otro diccionario y a otras fuentes; Octavio Paz decía que un traductor es un hombre rodeado de diccionarios.

Traducir es darle vida a un texto en otra lengua; es hacer que la nueva versión diga casi lo mismo que en su lengua original. Es volver a escribir un texto que ya fue escrito por otro en otra lengua. Casi todos los traductores estarían más o menos de acuerdo con estas sentencias. Y también con esta: la traducción es imposible, sólo hay aproximaciones.

Tengo que preparar un artículo sobre Andrómaca, de Jean Racine. Si hubiera podido elegir, me habría inclinado por Berenice, y apoyado en George Steiner tendría una parte sustanciosa del trabajo. En mi biblioteca encuentro tres versiones. No recordaba que las tuviera. No me dedico al teatro ni soy especialista en teatro francés y mucho menos en Racine, pero el punto es que tengo tres. Tendré que elegir alguna. Voy del original a las versiones. Sus diferencias son tan profundas y esenciales, sus aproximaciones al texto, sus omisiones y añadidos, que pareciera que alguna por momentos apuñala a Racine.

No las comento. Eso daría para un artículo en una revista de filología, para un proyecto de tesis. Sólo presento el incio del diálogo de la primera escena del acto primero de la Andrómaca de Racine.

Escena Primera
Orestes, Pílades

Versión de M. Pérez Ferrero y R. Santos Torroella (Austral, Buenos Aires, 1948):

Orestes.- Ya que vuelvo a encontrar a un amigo tan fiel como vos, espero que mi fortuna tomará un nuevo cariz. Y también, puesto que Harmione se ha preocupado de venir a hallarnos aquí, parece que se dulcifica su irritación. ¿Quién hubiera dicho que una perspectiva tan funesta a mi amor,* comenzaría por hacer que Pílades apareciese ante los ojos de Orestes y que después de haberte perdido habría de recobrarte, al cabo de seis meses, en la corte de Pirro?

Pílades.- Doy gracias al cielo porque, desde el día fatal en que la furia de las aguas distanció nuestras naves, casi a la vista de Espiro, parecía, al detenerme continuamente, que me cerraba las puertas de Grecia. ¡Cuántos riesgos padecí en este exilio! ¡Cuántas lágrimas he derramado al pensar en vuestras desventuras, temiendo siempre para vos algún nuevo daño que a mi triste amistad no le sería dado compartir! Y lamentaba, sobre todo, esa melancolía en la que por tanto tiempo he visto sepultada vuestra alma. Temí que el cielo os concediera la cruel ayuda de proporcionaros la muerte que tanto deseábais. Mas yo os veo, señor; y si me es dado decirlo, creo que un destino mejor es el que os conduce hasta aquí: el brillante séquito que sigue vuestros pasos no es, ciertamente, el de un desgraciado que buscara la muerte.

* Orestes ama a Hermione, y ésta lo rechaza.



Traducción de María Dolores Fernández Lladó (Ediciones Cátedra, Madrid, 1999):

Orestes
Sí, puesto que vuelvo a encontrar a tan fiel amigo,
entiendo que mi destino empieza a cambiar;
ya su cólera parece dulcificada,
dado que se preocupa por reunirnos aquí.
Quien creyera que, en orillas para mí tan funestas,
se me mostraría en primer lugar el rostro de Pílades;
que tras seis meses de creerte perdido,
me serías devuelto en la corte de Pirro. 

Pílades
Gracias doy al cielo que, interponiéndose sin tregua,
 parecía haberme cerrado el camino de Grecia.
Desde el día fatal en que el furor de las aguas,
casi a la vista del Epiro, separó nuestras naves,
¡cuántos sobresaltos he sufrido en el exilio!
¡Cuánto llanto derramado por vuestras desgracias,
temiendo siempre algún nuevo peligro para vos
que mi pobre amistad no podía compartir!
Sobre todo recelaba de esa melancolía
que por tan largo tiempo sepultó vuestra alma.
Temí que el cielo, en su clemencia cruel,
os brindara la muerte que tanto anhelabais.
Mas ahora os veo, señor, y me atrevo a decir,
que un destino más feliz os conduce al Espiro.
El pomposo cortejo, que hasta aquí os acompaña,
no es el de un desdichado que desea la muerte.



Traducción de Paloma Ortiz García (Gredos, Madrid, 2003):

Orestes:
Sí, ya que me encuentro un amigo tan fiel
adoptará un nuevo aspecto mi suerte.
Su ira parece haberse suavizado
desde que aceptó* venir aquí a verme.
¿Quién hubiera dicho que esta costa funesta
para mis deseos lo primero traería
a Pílades a ponerlo ante Orestes?
¿Que tras más de seis meses que te había perdido
me serías devuelto en la corte de Pirro?

Pílades:

¡Gracias doy al cielo! Deteniéndome siempre,
parecía tenerme cerrada la Hélade
desde el día fatal en que el furor de las aguas
a vista del Epiro separó nuestros rumbos.
¡Cuántas alarmas pasé en este exilio!
¡Cuánto llanto vertí por vuestras desdichas
temiendo que en nuevos peligros cayerais
que mi triste amistad no fuera a compartir!
Sobre todo temía esa melancolía
en la que vuestra alma había estado enterrada.
Temía que el cielo, con socorro cruel,
la muerte os deparara que siempre buscabais.
Mas os veo, Señor; y, si puedo decirlo,
más feliz destino os trae al Epiro.
El pomposo aparato que os viene siguiendo
no es el de un desdichado que busca la muerte.

*Entiéndase como sujeto «la fortuna».


Al parecer, en ese oficio tan ingrato, hasta san Jerónimo ha sido reprendido. Yo sólo comparto mi asombro y  mi incertidumbre a la hora de elegir una versión. Las diferencias son tan relevantes y significativas, que es indispensable recurrir a Racine, al original en francés.

29 de diciembre de 2016

La concisión, la brevedad

El Capítulo VIII del Quijote es el de la aventura de los molinos de viento. Es uno de los más conocidos, y ese es justo la razón de este apunte. Don Quijote y Sancho van por el campo y descubren treinta o cuarenta molinos de viento. 

Don Quijote, ansioso en su locura por entrar en acción, dice que son gigantes y que piensa entrar con ellos en batalla. Sancho le advierte que son molinos, no gigantes. Don Quijote le dice que si tiene miedo y se haga a un lado. Amenaza a sus enemigos. Todo esto lleva apenas una página, y luego escribe Cervantes: 

«Levantose en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por Don Quijote, dijo:
»–Pues aunque movías más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
                Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rondando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.»

Eso es todo. Esta, una de las escenas más famosas de la literatura, una de las más comentadas por lectores y especialistas, una de las más dibujadas y representadas, una que conoce hasta un chino monolingüe, se extiende a lo largo de un párrafo de poco más de cien palabras. 

La escena no se repetirá, por supuesto, ni se volverá a ella de manera relevante en la novela. Habrá otros gigantes y enemigos, pero no molinos. Todavía, los turistas van a Campo de Criptana, en Castilla-La Mancha a ver los molinos que embistió Don Quijote.

¿Cuál es la clave o el secreto de esta escena, su fuerza épica, quijotesca, trágica y cómica? Tal vez en que es todo eso a la vez. Esa escena, imbatible en su eficacia, es una lección ejemplar de concisión y brevedad. 

Pero hay otras. El canto de las sirenas en la Odisea también ocurre una sola vez y en unas cuantas palabras. También la escena de Penélope tejiendo y destejiendo es breve, y aparece casi como un comentario marginal, y tiene una fuerza decisiva en el curso del relato, en el devenir de la historia, y aún se discute y debate el papel que desempeña ese gesto para preservar su fidelidad conyugal. 

También Homero cuenta en la Odisea la aventura de Ulises con Polifemo con una brevedad asombrosa, y así es también la escena de Sísifo. Y Dante cuenta las penas y los amores de Francesca y Paolo en tres decenas de versos. Y Shakespeare, entre otros,  muestra su arte en el monólogo de Hamlet, que no es más extenso. 

No sería difícil encontrar otros ejemplos entre esos clásicos, en su capacidad de decirlo todo en una página o una escena. De agotar, sí, un tema en una tragedia, en un poema definitivo, en una gran novela. Las suyas son lecciones de contundencia, sabiduría, claridad, brevedad y precisión cuya eficacia y belleza despiertan admiración y nos iluminan desde hace siglos. 

El lápiz

Es el más fiel, el más cercano, el más antiguo de nuestros amigos. Desde la infancia nos acompaña en cada momento, todos los días, y sigue ahí, en el bolsillo, en el portafolios, en la taza sobre la mesa en la que, enhiesto como antigua lanza de punta afilada, está listo para escribir o dibujar. 

Sacarle punta a un lápiz es un placer infantil que permanece intacto con los años. Y mirar cómo se gasta con el uso y se hace cada vez más pequeño, encierra más enseñanza y sabiduría que muchas lecciones escolares. Guarda un misterio y una mitología que, como la vida, nunca acaba por explicarse del todo. 


Un lápiz desgastado revela el paso del tiempo, las arduas horas de ejercicios y borradores, los cuadernos que acumulan en letras y números lo que de sí mismo va perdiendo. Un lápiz se inmola por nuestra escritura. Por los versos de un poeta, las razones de un filósofo, las líneas y sombras del dibujante, por la aritmética de un niño, los ejercicios del estudiante y los cálculos del ingeniero. 


Y en el otro extremo se encuentra la goma, que tiene poderes mágicos, pues si es de buena calidad y se usa con cuidado puede borrar lo desechado, eliminar un error, enmendar un yerro. Algo tiene un lápiz de varita mágica, de batuta, de vehículo del pensamiento. 


Y el sacapuntas, el afilador indispensable, el que en cruel paradoja permite que el lápiz tenga punta al tiempo que pierde cuerpo y estatura, es tan ajeno, externo y extraño, que los hay en todas las formas imaginables y, algunos, por extraño que parezca, son eléctricos. 


Es difícil encontrar otro instrumento más sencillo, más útil, más noble. Nada tiene de socrático, pero es el mejor aliado de la memoria, de lo que hemos imaginado, contado, pensado y dicho. 


En su sencillez, en su perfecta eficacia, en su inmejorable diseño, un lápiz nunca se acaba, aunque quedé inservible. Lisiado por someterse a la cuchilla del sacapuntas, el cabo que permanece guarda el alma del lápiz y nos recuerda sus impagables servicios. Por eso los que uso y los que me da mi hija, reducidos a su mínima expresión (
el lápiz rey mide tres centímetros), los guardo en mi estudio en un frasco de vidrio. 

Yo no creo que un lápiz sólo sea sólo un utensilio, un objeto de madera y grafito. Es también nuestra escritura y nuestros sueños, y al empuñarlo es una extensión nuestra, y un poco lo que somos y lo que hacemos.

28 de diciembre de 2016

Miradas

La singularidad de un artista está en su mirada. En encontrar donde nadie antes había visto nada, en encontrar el escorzo, el punto que revela algo nuevo en lo ya visto . En reconocer lo que siempre ha estado ahí y nadie había nombrado de esa manera.

Una mirada revela una historia donde nadie había sospechado. Una mirada descubre figuras y composiciones que pareciera que ya estaban ahí pero nadie había desvelado. Como si la música ya estuviera en el aire y en el tiempo y sólo faltara el músico que la agitara para que se desprendiera el sonido y comenzara. Como si las arquitecturas prodigiosas estuvieran sostenidas en esa mirada hasta que la sostiene la solidez de sus materiales. Donde otros ven y acaso sienten lo mismo sin abrir la boca, el poeta levanta una oda, un tsunami de palabras.

Hay miradas dulces y otras que pareciera que levitaran. Algunas miradas se fugan, otras se levantan en rebeldía. Hay miradas que erigen realidades que a veces no son de este mundo. Hay miradas que erigen mundos que encienden las cotidianas realidades. Hay miradas fatales y otras que se fugan, otras se levantan en rebeldía.

Hay miradas de fuego y miradas de mar. De viento y de sal. Las hay nostálgicas y temerarias. Hay miradas ansiosas y frívolas, otras son esquivas y fugaces. Hay miradas elocuentes y otras silenciosas.
Es conveniente esquivar las embusteras, las embaucadoras, las que atraviesan como canto de sirena.

Hay miradas de inteligencia, y todas las letales son femeninas. Hay maneras de mirar y de encontrar, de reconocer los objetos y celebrar la belleza. En la mirada está la clave. Hay tantas maneras de mirar como de habitar el mundo.

Vecinos

La palabra rival procede de la latina rivus: arroyo. El rival es el que está del otro lado del río: el vecino. Es muy común que el adversario se encuentre detrás de las montañas o en la puerta de al lado. Si se hace un recuento de los casos en los que el enemigo es el vecino, se escribiría un capítulo clave de la historia de la infamia, de la Historia de los pueblos del mundo, y de no pocas tragedias familiares.

Las historias de abusos y actos inciviles de vecinos son parte de la vida en comunidad. Conozco el caso de dos familias rivales (¿los Montesco y los Capuleto eran vecinos?) que han perdido a tres miembros cada una por una rivalidad, un pleito del que ya nadie recuerda el origen, pero que al crecer en las ofensas y la violencia ya ha cegado seis vidas.

Tal vez la convivencia entre vecinos es el más alto punto de la civilización. No la creación del Estado y el contrato social como lo entienden los sabios y los profesores, sino el tolerar en paz la presencia de ciertos vecinos todos los días. Debería instituirse una medalla al mérito cívico por soportar la compañía de algunos vecinos.

Aunque también es cierto que entre los vecinos hay gestos solidarios, franca amistad, ayuda solidaria, y a veces las buenas relaciones acaban en compadrazgos, noviazgos y matrimonios que se fraguaron en el patio común o en el cubo de la escalera del edificio. (En su inicio, Playboy pretendía encontrar a sus modelos en la chica guapa de la casa de junto. Era una fórmula optimista, una forma amable de decir que la belleza está en todas partes. Y, claro, hubiera sido muy estimulante tener por rival, ahí, luego luego, casi sin salir de casa, a una modelo de esa revista.)

 El malogrado Luis Ignacio Helguera escribió hace años un artículo memorable sobre la música de los vecinos. Soportarla algo tiene de prueba de los dioses, de ejercicio de templanza, de preparación espiritual en el dominio de las pasiones y práctica de las virtudes capitales. Ya que es inevitable escucharla, lo mismo a las dos de la tarde y a las dos de la madrugada, uno se pregunta cómo puede llenarse la gente la cabeza de tanta basura.

No hace falta creerse mejor que otros. No hay soberbia ni presunción frívola. Ni llegar a los extremos y provocaciones de Cioran: «Sin Bach, la teología carecería de objeto, la Creación sería ficticia, la nada perentoria. Si alguien debe todo a Bach es sin duda Dios.» Simple y llanamente la paz y el silencio son invaluables, así como la buena música. Y la buena música (no es necesario explicarla) casi nunca es la que viene de la casa del vecino.

George Steiner lo sabe. Y lo dijo así, con profunda sabiduría: «Vivimos en un mundo en el que el poder más terrible es el ruido. El silencio es el lujo más caro. Tienes que ser muy rico para no oír la música del vecino.»

27 de diciembre de 2016

El bar de las grandes esperanzas

Si valoráramos los libros por su permanencia en el ánimo, por la viveza de su recuerdo, porque continuamos dialogando con ellos mucho después de haber leído la última página, entonces para mí el libro del año es The Tender Bar: a Memoir (El bar de las grandes esperanzas; Duomo), de J. R. Moehringer.

En estas memorias, que pueden leerse como una novela, encuentra su sitio el anhelo del padre ausente, la tragicómica casa de los abuelos, la madre, pero sobre todo la búsqueda de una imagen paterna en un tío y sus amigos en un bar. Las relaciones de J. R. con el bar, con el alcohol, claro pero también con el entramado de personajes y situaciones que encuentra ahí se hacen esenciales en su formación. El protagonista creció y se hizo hombre en un bar, y tener un bar por hogar es algo definitivo.

La dulzura de la madre y la ternura, sí, ternura, que revelan en el bar la caterva de hombres rudos que van ahí a buscar una copa y una alegría, es una de las revelaciones del libro. Policías, agentes, hombres de negocios, oficinistas y empleados, revelan sus carencias, sus miserias y su necesidad de afecto.

Y el humor que yace en las escenas o momentos del libro de cada capítulo de pronto desata la simpatía incondicional o la carcajada, y no quisiera dejar de leer pero tampoco que avanzarán las páginas, en un estado de gracia que pocas veces se consigue con tal plenitud. Sin lecciones morales ni moraleja, sólo el relato duro y puro de los sucesos elegidos para contar el devenir de una vida, El bar de las grandes esperanzas gana y convence por una razón simple: está contado con honestidad.

Moehringer, periodista de prosa exacta y transparente, ganó un premio Pulitzer por un reportaje notable. Decir que su libro está bien escrito no es del todo exacto, ni justo. El suyo es un libro con una escritura limpia, precisa, clara, de una aparente sencillez que me ha despertado una admiración incondicional. Y con todo, aunque escriba estos libros, no creo que Moehringer logré otro libro igual. Me encantaría, como lector entusiasta, equivocarme en ese juicio.

Un libro así, que viene de lo más hondo, de lo más íntimo, de la mirada que extrae belleza de la amargura y el dolor es difícil que encuentre un par. Y con frecuencia ese libro solitario dice más que la docena de volúmenes de otros autores insulsos que desaparecerán sin remedio. Moehringer es de esos que escriben a partir de su experiencia pero se vierten por entero en un libro, a veces urgente, necesario, esencial.

El bar de las grandes esperanzas es uno de ellos, y por lo tanto buena literatura. A su manera, es un libro que no se agota. Aún no la comienzo, y ya empiezo a gozar de los placeres de la primera relectura.

Beatles forever

Sucede todo el tiempo. Me pasa a mí, a ti, a él, a ella. Al menos eso espero. Basta interesarse por algo, un personaje histórico, un filósofo, un escritor, un animal, una ciudad, un movimiento artístico para empezar a encontrar en cualquier sitio y en los momentos más inesperados, menciones, información, documentos, fotos, noticias, videos o grabaciones sobre el objeto de nuestra atención.

Supongo que a alguien le sucede con frecuencia haber visto el billete premiado de la lotería en un escaparate, o encontrar en la calle a la persona que apareció la otra noche en sus sueños. Cosas así suceden con pasmosa frecuencia, a veces le llamamos azar.

A mí me sucede que desde hace un tiempo escucho todos los días una canción de los Beatles. No sé desde cuándo ni cómo ni por qué, pero ahora pasa con implacable cotidianidad. El juego, si es tal, consiste en no intervenir ni procurar que suceda, simplemente en estar alerta e identificarlo cuando tenga lugar.

El fenómeno, si es tal, no tendría ningún sentido si yo pusiera la canción en alguna máquina o equipo de sonido, o si encendiera la radio a "La hora de los Beatles" (alguien me ha dicho que ese programa es el más antiguo del mundo sobre los chicos de Liverpool).

Tampoco valdría que yo, por ejemplo, silbara o tarareara una melodía para inducir o motivar a alguien a que pusiera un disco. Y menos aun que alguien produjera una canción para complacerme o hacer que el rito, si es tal, se cumpliera un día más.

La ceremonia, si es tal, ocurre a cualquier hora, de día o de noche, en un taxi, un elevador, la sala de espera del cardiólogo, en un vestíbulo, en una cafetería, en un gran almacén, en una película o en la peluquería. El acaecimiento, si es tal, acontece, eso sí, en versión original o en un arreglo instrumental, o como una pieza de jazz. (A los Beatles lo han interpretado cantantes de ópera, orquestas sinfónicas, cantantes pop, rockeros, mariachis, grupos de salsa, etc.)

El suceso, si es tal, con su constancia, es como el paso de las horas o la cambiante luz del sol durante el día. Sí, escuchar una canción al día me produce una gratificante sensación de alivio. No soy supersticioso, pero me gustaría seguir escuchando una canción de los Beatles sin que yo intervenga.

Se ha vuelto parte del orden cósmico, un hecho telúrico, un rasgo de la normalidad. No pienso en catástrofes ni soy fatalista, y estoy seguro de que no me convertiré en una morsa, pero no me gustaría que dejara de suceder. Don't let me down.

23 de diciembre de 2016

Casi un maniquí

Escucho sus pasos, rítmicos y firmes. Avanza como un buque de proa poderosa. Sus irrupciones son esporádicas, como si supiera que su presencia agita las aguas con furia oceánica. La encuentro en los pasillos; nada sé de ella, ni si nombre ni su oficio. No sé si le gustan las berenjenas y los gatos, los atardeceres, la luna o el color amarillo.

Camina por el pasillo como si partiera plaza, el ritmo de sus manos instruye al metrónomo, y su cabellera orienta con autoridad a la rosa de los vientos. No hay timidez ni reserva en su mirada, sino todo lo contrario, una provocación en fuga, una soberbia alzada, una falsa voluntad de ausencia.

Tiene un gusto delicado, y hace a cada paso una celebración de sí misma. Cultiva con esmero cada detalle de su arreglo personal. Posee un sentido muy desarrollado de la elegancia; más distinguido y sobrio porque pareciera que ese arte ya no se cultiva. Nada es casual en su porte, en cada accesorio, en las precisas y afortunadas combinaciones de su guardarropa de revista francesa. 

Mirarla altera el curso de ciertas mareas, inunda la mañana de quimeras. Todo en ella es gracioso: el cabello largo, pesado, hondo, que enmarca un rostro de ojos oscuros, naricilla respingona y, para decirlo con el poeta, de tez de café con leche. Y sólo concederá que es bonita el que apenas la vio de reojo en un espejo opaco.

Su talle es una celebración del goce de la geometría, la expresión viva de ciertas líneas curvas, el equilibrio justo de la armonía y el movimiento. Va muy digna y muy recta, implacable, agresivamente femenina: tacones temerarios en las altas botas negras, medias negras caladas, falda negra corta y ajustada, suéter negro ceñido, y la cabellera negra suelta. Sí, es luminosa y semeja una aparición convocada. 

 Su encanto brilla en una estampa clásica, fuera del tiempo. Y, sin embargo, antes que caminar, desfila; y antes que ser, se exhibe. Y no sabe sonreír. Va inexpresiva y chic, casi un maniquí. Pasa y deja un rastro de perfume, de aire frío, y una larga estela de desdén, soberbia y altivez. 

22 de diciembre de 2016

Feliz, feliz navidad

No soy el único. No estoy sólo, pero sí aislado. Desde antes de diciembre, otros, como yo, también empiezan a sentir esa opresión que lejos de la alegría despierta emociones y sentimientos melancólicos y tristes. Los comerciantes nos acosan con sus mercancías y ofertas, con sus anuncios zafios y ordinarios. A mediados de diciembre, el llamado espíritu navideño ha clavado sus dientas en el cuello y se respira en el aire como un pacto de estulticia y engaño o enajenación colectiva.

La gente corre a gastar más de que tiene, a desear felicidad a quienes desprecian y evitan todo el año. Las casas se iluminan de lucecitas baratas y árboles de verdad que en unos días veremos morir en el centro de la sala. Medio mundo sin ningún pudor prodiga abrazos y besos, felicitaciones, se siente obligada a dar regalos por compromiso (muy pocos se entregan por cariño), injustificados, porque el beneficario no es el del cumpleaños y ha llegado a estas fiestas sin haber hecho algo digno de mérito y celebración.

La majadería y vulgaridad de los objetos con los llamados motivos navideños alcanza sin piedad lo inverosímil (pocas cosas en el mundo más horteras que ese personaje siniestro llamado Santa Claus). En todas partes se oyen cancioncitas dulces y tontas. Se hacen planes y compromisos para comer y beber en exceso, para apurar lo que no se dijo ni hizo en todo el año, para convivir con pocos amigos y con algunos otros que olvidaremos hasta bien entrado el próximo diciembre.

Ya está aquí la Navidad, que en sus rasgos sociales más visibles y molestos es todo menos una fiesta religiosa, cristiana. La presión familiar por reunirse y celebrar se torna una soga al cuello. Uno puede sentirse culpable por el profundo desdén que siente hacia todos esos actos que aparecen como una temporal vesania colectiva; uno está obligado a participar de las celebraciones de la tribu y fingir una felicidad súbita, de pronto estimulada por el calendario, la tradición o el aniversario del nacimiento de Jesús; uno se encuentra perseguido para seguir el falso juego de la paz y la armonía en los corazones y todos los hogares.

Negarse a participar de buena gana en la gran mascarada simplemente porque uno no comparte el código emocional y sentimental que la motiva, es asunto de anatema y condenas y conflictos. Florece el chantaje y las malas artes.

Yo quisiera que la libre y soberana decisión de no celebrar la Navidad se convirtiera en uno de los derechos humanos fundamentales. Que los otros entendieran y respetaran ese derecho. En esta época del año, pareciera que uno pierde su individualidad y la facultad de decir: “No, gracias, no quiero participar. Es el aniversario del nacimiento de Jesús, pero eso no es suficiente para que vaya al baile o al bacanal”.

No me opongo a que otros festejen y lo hagan como mejor les parezca, pero yo sólo pido que respeten a los que no queremos hacerlo a su manera, los que de lejos le decimos a esa gran mayoría: “En estos días, y en particular en Nochebuena, por favor déjenme en paz. Sin embargo, les deseo que tengan una muy, muy feliz Navidad”. Amén.

(Este apunte se publicó en este Cuaderno de bitácora de lo casi inadvertido el 20 de diciembre de 2011. He considerado pertinente volver a publicarlo en estas fechas.)

Cesare Pavese y las mujeres

Tenía la impresión, ligera, apresurada, de que el escritor que tuvo las relaciones más desafortunadas y complicadas con las mujeres fue Borges; ahora pienso que las desdichas amorosas de Cesare Pavese son mucho más que una serie de fracasos, en realidad el sino de su vida. Nunca fue amado por ninguna mujer, nunca dejó de buscar una a la que amar.

Desde el principio su vida amorosa fue un desastre. Y nunca mejoró. Pavese fracasó desde la adolescencia: esperó bajo el frío y la lluvia durante horas a una bailarina que huyó de él por otra puerta.

Por otra mujer se puso en peligro. Enamorado de Tina Pizzardo, pareja de un comunista preso, aceptó ser el intermediario y recibir en su casa la correspondencia. Eran los años durísimos del fascismo. En 1935, alguien lo delató, y la policía registró la casa de Pavese, encontró cartas comprometedoras y fue acusado de antifascismo; fue encarcelado y luego confinado en Brancaleone, un pueblo calabrés.

Pavese enviaba notas a Tina, le hablaba de su sacrificio, de su afecto. Escribió en su diario, que lleva el bello nombre de Il mestiere di vivire (El oficio de vivir): «Mi historia con ella no está hecha de grandes escenas, sino de sutilísimos momentos interiores... Es atroz este sufrimiento». Tina le mostraba un desdén absoluto, y Pavese sufrió por ella, por la falta de noticias.

En una carta a su hermana María: «Hace mucho tiempo que no tengo ni un saludo de... y no sé si estará ofendida conmigo. Yo sigo esperando», y en otra carta a María: «¿Cuándo se cansarán de fingir que no se enteran que pido noticias, noticias, noticias y una postal firmada por...? Hace un mes que no pido otra cosa.»

Después de un año de confinamiento, en 1936, Pavese volvió a Turín. Enterarse que Tina estaba por casarse con otro, y el desengaño de que ella ignoró por completo las cartas y los poemas que le había enviado, fue devastador. Se culpa a sí mismo de ese amor malogrado, de ser incapaz de expresarle su amor a una mujer. Dice en El oficio de vivir: «Un hombre no se lamenta del amor que le ha traicionado, sino del envilecimiento de no haber merecido su confianza.»

Se convence de que sus desventuras se deben por causa suya, y cultiva su culpa; y que la condición femenina es innoble. Sus sentimientos se extienden a su diario en algunas frases vergonzosas y lapidarias. Algunos críticos hablan de misoginia en sus libros, en el diseño y trato de sus personajes. En su diario habla de su circunstancia y la resuelve con elemental aritmética emocional; podría haber escrito: como soy un misógino, no quiero a ninguna pero sobre todo, por ello, ninguna me quiere.

Sólo y soltero a su pesar, Pavese buscaba desesperado el amor, y una esposa. Años después de haberla olvidado, escribe: «el golpe bajo que te ha dado Tina lo llevas siempre en la sangre...» Luego le pedirá matrimonio, entre otras, a amigas, compañeras, a mujeres que acaba de conocer. Tenemos noticias de algunas. En 1940, cuando Italia entra a la segunda Guerra Mundial, Pavese se entusiasma por Fernanda Pivano, una estudiante universitaria que le presentó Norberto Bobbio, el gran politólogo.

La frescura de Fernanda y sus profundos intereses culturales encantaron a Pavese al punto que le propuso patrimonio. Pese a la negativa, su amistad continuó, y a ella está dedicada una buena parte de la poesía de Pavese. Con el tiempo, la amistad se consolidó, Fernanda fue su confidente; en Pavese renació la ilusión de un amor, y un hogar.

Cinco años después, en el verano de 1945, justo al terminar la guerra, Pavese volvió a pedirle matrimonio. Fernanda volvió a rechazarlo, y dejó huella honda en su ánimo y, a su manera, en su literatura: «desde que la conozco ya no puedo aburrirme, me atormenta y estimula pensar en usted, y por lo tanto no escribo novelas».

En 1946, Pavese encontró en las oficinas romanas de la editorial Einaudi, donde trabajaba, a Bianca Garufi. Pavese se aventuró en una nueva pasión, intensa y desafiante, por la que también sufrió. Fue otra de sus relaciones sin futuro, pero ésta tuvo un rasgo intelectual. Como lo hizo Borges con algunas de las mujeres a las que pretendió, Pavese inició un libro en colaboración con Blanca, una novela en la que alternarían la autoría de cada capítulo. El libro, inconcluso, fue publicado unos años después de la muerte de Pavese.

La última decepción tenía todos los elementos de la tragedia. Pavese, profesor y traductor, experto en literatura estadounidense, se enamoró, en un viaje a Roma, en diciembre de 1949 de Constance Dowling, actriz estadounidense. Constance, bella y rubia, era una diosa de la belleza en busca de fortuna y dispuesta a interpretar su papel de mujer fatal. Tenía, muy a su pesar, todos los atributos necesarios para aniquilar a un solitario, un poeta melancólico, tímido, feo, decepcionado, de mal genio, aburrido y triste.

Luego del deslumbramiento en Roma, Constance y Pavese se reencontraron en Turín. Pavese sabe, siente que es su última oportunidad. Pavese no supo convencerla. Constance prefirió a un actor y marcharse con él a Hollywood. Cesare Pavese no fue capaz de resistir su rechazo, el rompimiento, el último desengaño amoroso. Había escrito: «Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desampara, la nada.» El desenlace era cuestión de pocos meses.

En una extraña carta, en agosto de 1950, dice: «¿Puedo decirte, amor, que nunca me he despertado con una mujer a mi lado, que cuando amé nunca me tomaron en serio, y que desconozco cómo es la mirada de gratitud que una mujer le dirige a un hombre?»

El 22 de marzo de 1950 firmó Verrà la morte e avrà i tuoi occhi (Vendrá la muerte y tendrá tus ojos), el poema más conocido de la literatura italiana contemporánea. Fue hallado en una carpeta, con otros nueve (ocho en italiano, dos en inglés) dedicados a Constance, en su escritorio en la editorial Einaudi.

Firmada en Turín, el 17 de abril, le escribió a Constance esta carta, tan clara y tan dura, tan dulce y desesperada:            

No tengo más aliento para escribir poesía. Las poesías llegaron contigo y se fueron contigo. He escrito ésta hace algunas tardes, durante largas horas mientras esperaba, vacilante, poder llamarte. Perdóname la tristeza, pero también contigo estaba triste. Observa que he comenzado con una poesía en inglés y la termino con otra cosa. En eso cabe toda la apertura que he experimentado en estos meses: el horror y la maravilla. Queridísima, no tomes a mal que siempre esté hablando de sentimientos que tú no puedes compartir. Por lo menos puedes comprenderlo. Quiero que sepas que te agradezco con toda el alma. Los pocos días de maravilla que he arrancado de tu vida eran casi demasiado para mí; bueno, ya pasaron, ahora comienza el horror, el horror desnudo y estoy preparado para afrontarlo. La puerta de la prisión ha vuelto a cerrarse con estrépito. Queridísima, no volverás nunca a mí, inclusive si regresas a Italia. Ambos tenemos determinadas cosas que hacer en la vida que tornan improbable que podamos encontrarnos de nuevo, excepto si nos casáramos, cosa que he anhelado desesperadamente. Pero la felicidad es algo que se llama Joe, Harry o Johnny; no Cesare. ¿Me creerás si te digo -ahora que no puedes tener sospechas de que estoy recitando para coaccionarte de alguna manera- que esta noche he llorado como una criatura pensando en mi suerte -y en la tuya- pobre mujer, fuerte, hábil, desesperada en la lucha por la vida? Si he dicho o hecho alguna vez cosas que no podías aprobarme, perdóname. Yo te perdono todo este dolor que me carcome el corazón, sí, te aseguro, le doy la bienvenida. Este dolor eres tú, la verdadera maravilla y el verdadero horror de ti. Rostro de primavera, adiós. Te deseo éxito en tus días y un matrimonio feliz, sí. Rostro de primavera, he amado todo de ti, no sólo tu belleza, lo cual sería demasiado fácil, sino tu fealdad, tus momentos desagradables, tu tache noir, tu rostro hermético. No te olvides de eso. [Cesare Pavese. Cartas (1926-1950)vol. II. Alianza Editorial. Traducción de María Esther Benítez.]  

El 26 de agosto le escribió a su amigo Giuseppe Vaudagna: «Estoy acabado. No tengo ganas de ver a nadie.  Pagaría en oro a un asesino que me apuñalara durante el sueño». Al otro día, el 27 de agosto,
Pavese ingirió diez bolsas de diebaribitúricos en una habitación del Hotel Roma de Turín.

21 de diciembre de 2016

Audrey y Hedy

En «El fracaso no es lo que parece», apunte de este blog, anoté que Hedy Lamarr, verdadera reina de belleza y notable ingeniera, fue la primera mujer en aparecer desnuda en una película. No es así. Hedy apareció desnuda en Éxtasis, película checoslovaca de 1933, pero esa película es recordada en particular por haber sido la primera vez que una actriz simulaba un orgasmo frente a la cámara. 

Por supuesto, fue condenada por círculos y ligas de las buenas conciencias y por el papa Pío XI. La vida de Hedy es muy conocida, pero su descomunal belleza, sus secretos inventos para usos militares, su fuga de Europa y de su primer marido (y los otros cinco que siguieron), sus escándalos, su llegada a Hollywood, su coronación como la más bella, su filmografía bien merecerían una película en la que, al parecer, no faltaría nada.

La primera actriz en aparecer desnuda fue Audrey Munson. El 18 de noviembre de 1915 fue estrenada Inspiration, película en la que Audrey Munson apareció completamente desnuda en una película no pornográfica, al menos en los Estados Unidos. 

La crítica recibió el filme con los brazos abiertos: «inspiradora e intelectual», «atrevida», «un triunfo del arte de la cinematografía», y la actuación de Audrey fue «inocente, modesta y sencilla», «un trabajo de valor educativo y artístico en extremo». Inspiration no fue censurada, para ello había que esperar el Código de Producción de Películas o Código Hays, de 1930.

Audrey Munson tuvo una vida trágica. De una belleza arrebatadora, fue «descubierta» a sus quince años por un fotógrafo que la impulsó a la fama. Durante diez años posó para los fotógrafos, pintores y escultores de Nueva York. Ella fue la modelo para al menos muchas estatuas y ornamentos de casas y edificios de la ciudad de Nueva York.

Hizo cuatro películas silentes, de las que sólo se conserva una: Purity, de 1916. Cuando el éxito sonreía a «La señorita de Manhattan», también conocida como la «Venus de América», un médico se enamoró de ella fatalmente. Desquiciado, mató a su mujer para poder casarse con Audrey. El médico, condenado a morir en la silla eléctrica, se suicidó en su celda.

Aunque Audrey no participó en el homicidio y no hubo cargos contra ella, fue repudiada y el escándalo acabó con su carrera. Se retiró a un pueblo llamado México, en el norte del Estado de Nueva York, donde vendía de puerta en puerta utensilios de cocina. El resto es un gesto cruel de la fatalidad. Un intento de suicidio, el deterioro de sus facultades. Tenía 39 años cuando un juez ordenó que la internaran en un psiquiátrico.

Audrey, tan guapa, desafiaba las normas y estereotipos de belleza. En un artículo para el New York American, hacia 1920, escribió: All girls cannot be perfect 36s, with bodies of mystic warmth and plastic marble effect, colored with rose and a dash of flame ... Of course not.» («Todas las mujeres no pueden ser perfectas a los 36, con cuerpos de místico calor y efecto de mármol plástico, coloreados de rosa y una pizca de llamas... Por supuesto que no»). 

Pasó en el hospital psiquiátrico 65 años, y murió allí, en 1996, completamente olvidada a los ciento cuatro años de edad. Queda una leyenda, una película, fotografías, y las más de quince esculturas para las que posó y que están ahí, a la vista de todos, desafiando al tiempo, en la ciudad de Nueva York. 

20 de diciembre de 2016

Historias divergentes

La escena es tan nítida que no es difícil imaginarla en una película o en una serie de televisión. Lawrence John Ripple, de 70 años, vecino de Kansas City, se peleó con su esposa una vez más. Decidió irse de su casa, alejarse de su mujer, en un acto desesperado que bien podría llamarse el síndrome de Tolstói, pues el gran novelista ruso, a los 82 años de edad, huyó de casa, de Sofía, su mujer, y se subió a un tren que lo llevó a morir de pulmonía unos días después. Pobre Tolstói que tuvo que ir a morirse a la cama de un jefe de estación del ferrocarril.

Ripple, en un gesto que lo revela como un hombre considerado y de buena educación, le dejó a su mujer una nota admirable por su brevedad y elocuencia: «Me voy. Prefiero la cárcel que estar en casa». Y menos épico que Tostói, y fiel al viejo oeste salvaje según el cine de vaqueros, fue a un banco, le entregó otra nota al cajero: le exigió que le entregara el dinero y le advertía que tenía un arma.

Salió del banco con el dinero, pero no intentó huir ni fue muy lejos, se sentó en el vestíbulo y le dijo a un guardia: «Robé el banco. Yo soy el tipo que estás buscando.» Cuando la policía lo arrestó, dijo: «Prefiero la cárcel a vivir con mi esposa.» Fue acusado de robo, pero tal vez un juez perverso lo mandó a su casa bajo arresto domiciliario. Ese sí que sería un castigo para él. Pobre Ripple, tan a gusto que se imaginaba que estaría en la dulce paz de su celda.

Estos casos demuestran que el problema no es huir, sino adónde ir una vez libres de su pequeño infierno doméstico y conyugal. Estas fugas serían cómicas si no expresaran desencanto, insatisfacción y hartazgo, una frustración acumulada a lo largo de los años. La violencia entre cónyuges viejos, aun el homicidio (hay una palabra fea para nombrarlo: uxoricidio), es una realidad silenciosa o poco difundida.

A veces las noticias aparecen por pares, casi simultáneas, y forman un contrapunto que muestran el otro lado de la realidad.

Franz van der Heijden, holandés, ex diputado, de 78 años, se ha suicidado ante la muerte de Gonnie, su esposa, de 76 años. Gonnie padecía una enfermedad incurable y había solicitado la eutanasia. «Sabiendo el sufrimiento que ello supondría en la fase final, para no separarse, han preferido poner fin a su vida juntos», dice la crónica. 

Franz también estaba enfermo, pero no había llegado a la «fase desesperada» descrita en la Ley de Eutanasia, y no concebía lo que le quedara de vida sin su mujer. Así que decidieron morir al mismo tiempo. «Después de una vida feliz juntos no queríamos separar lo que unimos en 1963», decía la despedida, sentida y conmovedora, del matrimonio Van der Heijden. Llevaban 53 años juntos.

Un hombre prefiere la cárcel a seguir conviviendo con su mujer, otro hombre prefiere la muerte a vivir sin su mujer. No sé si son ejemplares, pero entre estas historias divergentes se tejen casi todas las historias de desdicha y de felicidad conyugal.

19 de diciembre de 2016

Un diccionario

En un reino muy lejano, el orgullo por sus letras dio origen a una empresa ardua y singular: hacer un diccionario de todos los escritores del país, y dejar asentado, además de una sucinta biografía de cada uno, la lista de sus obras completas (incluidos los artículos, reseñas, cartas, notas y cualquier otro texto por menor o irrelevante que pareciera), y una relación de todos y cada uno de los ensayos, tesis, análisis, prólogos, comentarios, críticas y recensiones que se hubieran publicado en el reino y en cualquier parte mundo, todo ello con sus referencias bibliográficas y la información suplementaria pertinente.

El proyecto del Diccionario fue acogido con entusiasmo, y no sólo en los círculos intelectuales. Se le atribuyó un mérito insospechado: sería un baluarte incomparable de la soberanía y la grandeza del reino. La universidad más antigua del reino, varias veces centenaria, fue designada para llevar a cabo esa magna tarea, que alguno calificó de cruzada.

Se asignó un presupuesto generoso, se creó una oficina, que pronto fue ascendida subdirección, luego a dirección, dirección general, área, división y, finalmente, Instituto del Diccionario de los Escritores del Reino. Se designó un director, diez directores generales, treinta subdirectores generales, cincuenta directores de área, ciento veinte directores de departamento, mil doscientos veinticinco investigadores, cuatrocientos setenta ayudantes de investigador, y trescientos treinta y nueve asesores y consultores, más el personal administrativo y de apoyo, y un numeroso ejército de becarios, estudiantes universitarios, muchachas y muchachos que participaban con entusiasmo en el cumplimiento de un extraño requisito llamado servicio social.

Ese formidable ejército tenía que dejar asentado todo, literalmente todo, sobre cada uno de los escritores del reino, desde el mítico origen de los tiempos. Buscaron toda la literatura del reino escrita en alguna de las lenguas reales en las bibliotecas, las hemerotecas, las librerías de viejo, las bodegas y en las colecciones particulares. Se diría que buscaron cada rincón, y los felices hallazgos eran celebrados y mencionados con entusiasmo en la prensa. El reino aguardaba ansioso la publicación del Diccionario.

Como en todos los diccionarios y enciclopedias, fue necesario fijar un limite para ser incluido. Se eligió una fecha de último plazo: el trescientos aniversario del nacimiento de su mayor poeta, de su más grande musa. Los nacidos después de ese día, tendrían que esperar a la segunda edición. Era previsible que comenzarán por la letra A. El número de autores incorporados superó por mucho las más altas expectativas.

Tras largas sesiones de discusión para fijar los criterios, que retrasaron unos años el proyecto, se optó por la democrática universalidad.¿Bajo qué criterios podría excluirse a alguien? ¿Quién es un escritor? La comisión a cargo concluyó: Cualquiera que haya escrito. ¿Podría ser un elemento de selección el número de libros de un autor? La comisión concluyó: Los evangelistas, Michel de Montaigne, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, las hermanas Brontë y Juan Rulfo no son recordados por haber escrito muchas obras. ¿La calidad? La comisión concluyó: Es un concepto excluyente, ambiguo, subjetivo, en desuso porque genera debates estériles, conflictos y una profunda insatisfacción.

Pasó el tiempo. El director del Instituto se jubiló, y su sucesor también. Poco a poco, se renovó el grupo de investigadores. Sesenta y dos años después de haber iniciado los trabajos, fue presentado en majestuosa ceremonia el primer tomo del Diccionario, finamente encuadernado a la holandesa. Se imprimieron millones de ejemplares, al menos uno para cada biblioteca del reino.

El reino se entregó al festejo y el derroche por haber alcanzado ese hito de la lexicografía mundial. Cada entrada era impecable, consignaba con precisión fechas y datos de cada borrador, de cada intento, de cada texto de cada autor. Sin embargo, un hombre que sabía aritmética calculó que si los trabajos continuaban a ese ritmo, harían falta al menos setecientos años para concluir el Diccionario. Fue acusado de aguafiestas y traidor.

Alguien más con espíritu crítico señaló que la obra era obsoleta, registraba al menos veinticinco años de retraso en la actualidad de sus entradas. La gran ceremonia perdió brillo al no estar presente ninguno de los autores cuyo nombre había inmortalizado el Diccionario; fue una pena, pero todos ellos ya habían muerto.

17 de diciembre de 2016

La llave

Una novela japonesa siempre nos ocultará detalles y matices cuya comprensión, supongo, cambiarían su significado, incluso su sentido y, por lo tanto, la calidad de la lectura. Las diferencias culturales, tan profundas, pueden inducirnos a errores fatales de apreciación. Tal vez el conocimiento cabal de esa literatura esté reservada para los eruditos, los especialistas que han hecho de su inmersión en Japón su profesión o una forma de vida.

Tras una lectura atenta, pausada, termino La llave (Siruela), de Jun'ichirō Tanizaki, con la impresión de que algo esencial se me escapa. Tengo la certeza de la ejecución impecable de una trama urdida con maestría, con una inteligencia fría y contenida. Todo responde a un plan: el doble juego de los diarios de los cónyuges escritos para que el otro lo leyera, sus entradas embusteras, sus mentiras, sus veladas intenciones en un juego de provocación, turbio, que los acerca y excita mientras los aleja y envilece.

Nada es sólo lo que parece, y tampoco ninguno de los cuatro personajes es sólo lo que aparenta, todos practican una una sutil perversión, una doble intención que oscurece la novela.

Tanizaki escribió un ensayo célebre, «El elogio de la sombra», sobre la sombra y la luz en la cultura japonesa y su distinta valoración en la occidental. En Japón la sombra tiene cualidades positivas que desdeñamos, y en esa sombra, en esa penumbra late la novela. La llave se oscurece aún cuando el marido ilumina con lámparas el cuerpo desnudo de su mujer ebria, dormida o inconsciente para fotografiarlo. 

Y la historia no culmina en un adulterio, en un tensar los hilos de las relaciones cada vez más tensas con el fin de aumentar el goce del juego y la excitación sexual, sino en llevar a los otros a cumplir su papel designado en ese juego perverso. 

Nada es gratuito, ni la sospechosa muerte del marido, ni la esquiva conducta de la hija del matrimonio, ni las intenciones del cómplice-amante. Todo cuadra y algo falta, tal vez, pero nada sobra. Cada pieza, cada escena, cada entrada de los diarios, está trabajada como la más fina caligrafía, para hacer que algo suceda, para cerrar los hilos de la trama. 

Tal vez, a mediados de los años cincuenta, cuando se publicó, La llave era una provocación, un escándalo, como lo fueron los libros de Henry Miller o D. H. Lawrence. Morbosa, desagradable, turbadora, intensa, sucia, La llave es, antes que todo eso, buena literatura. 

16 de diciembre de 2016

El vendedor de su libro

A una prudente distancia de la puerta de la librería, un hombre cuarentón, de saco y camisa, gafas y pelo corto, con un sorprendente parecido a Dilton, el personaje de los cómics, saluda al visitante con un movimiento de cabeza y una sonrisa. Lleva en la mano una carpeta repleta de papeles. El visitante devuelve el saludo y piensa que se trata del gerente.

La librería, bien surtida, es grande, ocupa dos pisos, y al final de una amplia escalera, en la parte más baja, hay una cafetería en un pequeño jardín. El visitante espera mirar sin prisa, hojear despacio, revisar libros, descubrir títulos y autores. A la sobretarde podría descansar de tanta actividad y regalarse un expreso.

El visitante no ha terminado de llegar a la mesa de novedades cuando el gerente Dilton se acerca y se presenta como Gualberto N. Ojeda, escritor, al tiempo que le ofrece al visitante un ejemplar de El triste animal, obra de la que es autor. El visitante queda perplejo; no era eso lo que tenía en mente cuando entró en la librería a descubrir autores.

El gerente Dilton ha desaparecido, y tal vez también el autor Ojeda, porque el hombre se revela como un vendedor: insiste en que el visitante mire el libro con confianza, lo puede tomar sin compromiso, además no es caro, y nadie puede imaginar lo difícil que ha sido escribirlo, el oficio es ingrato y duro para un escritor joven y desconocido.

El visitante no puede creerlo. Desconcertado, por cortesía, le concede algo así como el beneficio de la duda y toma el libro. Es un volumen mal impreso en papel barato y peor encuadernado, con el sello de una editorial desconocida. Seguramente se trata de una edición pagada por el autor.

Entonces Ojeda se equivoca de técnica y acosa al visitante cuando éste se disponía a leer unas líneas. Quizá no quería ser leído, quería ser escuchado antes que vender un libro. No deja de hablar y de distraer al visitante con preguntas. ¿Usted lee? ¿Qué libros le gusta leer? Y vuelve una y otra vez a sí mismo. Quiere ser compadecido, elogia su libro porque refleja su sufrimiento.

El visitante le devuelve el ejemplar, Ojeda lo acepta de mala gana y cambia de estrategia: le entrega al visitante una fotocopia con una entrevista que le hicieron en un periódico. En esas declaraciones explica sus temas, el miedo a la muerte, sus pesadillas y vivencias, su temor al parricidio. Su escritura como un exorcismo... Dijo todos los lugares comunes, los tópicos más difundidos.

La poca simpatía que podría despertar la ingenuidad, la perseverancia y aun la audacia de un escritor en busca de lectores, se tornaba en antipatía rotunda porque ese hombre que no cesaba de repetir su discurso vergonzoso, había perdido la dignidad. Ese hombre estaba dispuesto al ridículo, a la mentira, a la ignominia. Hablaba de la fama de algunos autores envidia y devoción. Ojeda no sólo no era un escritor, no basta una colección de cuentos para serlo, antes pasaría por un impostor, un chiflado cegado por una idea de la fama que lo había trastornado.

El visitante le devolvió la fotocopia, harto de esa actitud innoble. Y le aclaró que no compraría su libro. Ojeda respondió que podía conservar la fotocopia, que tenía muchas más. Tal vez por primera vez estaba diciendo la verdad, aquellos papeles de la carpeta eran fotocopias de la entrevista, tal vez más de cien. El visitante le dio las gracias, se despidió y le deseó éxito. En un rincón descubrió una pila de ejemplares de El triste animal.

Al pasar cerca de la caja, el visitante encontró una hoja tamaño carta fijada a la pared con una tachuela. Era un aviso para los visitantes de la librería: debajo de la foto de Gualberto N. Ojeda decía que si la amable clientela era molestada por ese individuo, que por favor lo reportara con el personal de la librería. Y terminaba con un recordatorio para los empleados: debían echar a la calle a ese hombre, ya estaba más que advertido.

El visitante levantó la vista. Ojeda había desaparecido. No volvió a verlo en toda la tarde.

15 de diciembre de 2016

Hallazgos

Encontrar un asiento vacío en el autobús ya era un hallazgo, un signo para marcar el día como fasto. Y pocos placeres matutinos como la dicha de leer poesía sentado en el trayecto al trabajo. El cantar de los cantares se llama El cantar más bello en la traducción de Emilia Fernández Tejero (Trotta), y la poderosa evocación de sus imágenes, y su perenne dulzura amorosa, resuenan muchas horas después en la memoria, perviven en los ojos, los oídos y en el paladar.

El verdadero encuentro era volver a a ese poema mayor como si lo leyera por vez primera, pero eso sucedió hace tanto tiempo que he tenido la gracia de volver a sentir intacto el misterio y el encanto que lo animan. No era poco para un martes de oficina. Y unas horas después me entero de otros hallazgos al otro lado del mundo y de pronto me entusiasman, me despiertan una alegría, súbita y simple. No sé por qué me tocan tan de cerca estos descubrimientos y exhumaciones, tan lejanos.

Arqueólogos de la Universidad de Gotemburgo encontraron los restos de Vlochós, una ciudad de la Grecia clásica, de 2,500 años de antigüedad. Es asombroso que en las llanuras de Tesalia, a 300 kilómetros al norte de Atenas aparezca una ciudad a la que nadie le había prestado atención, y conste que el área que se encuentra dentro de la muralla mide más de 40 hectáreas. «El hecho de que nadie haya explorado nunca la colina [en la que se encuentra Vlochós] es un misterio», dice Robin Rönnlund, el líder del trabajo de campo. Aunque el descubrimiento no cambiará la historia de la antigüedad griega, pensar en una ciudad oculta estimula la imaginación, engrandece la fascinación por Grecia.

Y por si fuera poco, aparece un dibujo de Leonardo da Vinci, un estudio del martirio de san Sebastián, que un médico francés, jubilado, había heredado de su padre y que guardaba con otros dibujos italianos de los siglos XVI y XVII en una carpeta desde hace muchos años. «El croquis está ejecutado con una pluma ágil, contorneada con un redondeado que da densidad al cuerpo, que resulta habitual en la época de la Adoración de los magos», dijo Patrick de Bayser, especialista en dibujo y consultor de casas de subastas. El dato es relevante: el dibujo podría ser subastado por cerca de quince millones de euros.

No quiero pensar cómo cambiará la vida del médico jubilado, prefiero imaginar que algún día podré verlo en algún museo. Hace muchos años, en Florencia, en una mañana helada, hice cola para ver La dama del armiño, un cuadro del propio Leonardo que al salir proclamé el más sorprendente del mundo. Todavía no me repongo del todo de la impresión, del efecto que imprimió en mi ánimo.

El mundo también es una caja de sorpresas, un lugar en el que no cesan de suceder hechos extraordinarios en todo tiempo y en todo lugar. No todos son violentos, tristes o malas noticias que lamentar; también vuelve intacta la belleza y la emoción de un gran poema, se encuentran las ruinas de una ciudad de la antigua Grecia, aparece un dibujo de Leonardo y el recuerdo de la impresión de un cuadro bellísimo. No es poco para una mañana de un martes laboral.

14 de diciembre de 2016

Cumpleaños

Tal vez podría calcularse la edad de las personas por el entusiasmo que despierta en ellas el día de su cumpleaños. Pareciera que, al margen de las notables excepciones, entre menos emociones y expectativas despierte, más años se suman a la cuenta personal. Cumplir años, entonces, es cosa seria.

No estaría mal hacerlo al revés, celebrar cada vez con más fasto y ceremonia alcanzar una cifra, casi cualquiera, inimaginable en la infancia. Cuando uno es niño el cumpleaños es el día entre los días, tal vez el más esperado del año, una fiesta en sí mismo. Una ilusión hecha de tiempo que echa a volar una alegría profunda.

Los adolescentes cuentan los años que faltan para ser adultos, para librarse de sus padres, para ser ciudadanos, para ejercer a plenitud sus derechos, para al fin empezar a vivir su vida. Luego, cuando terminan sus fabulosos veinte, algunos entran en pánico al cumplir los treinta, meta invisible, fecha límite para haber alcanzado algunos de los objetivos de su vida. Algunas mujeres si cruzan esa edad que juzgan crítica sin haberse casado o emparejado, pueden sufrir trastornos en su autoestima. Otros los padecen si no se han hecho famosos o millonarios.

Las primeras canas y las primeras arrugas suelen ser motivos de serias preocupaciones y soliloquios. Aceptar que uno no está en condiciones de andar por el mundo después de una noche de fiesta, de excesos, puede ser el primer paso a eso que los padres llamaban sentar cabeza o el camino a la madurez. Luego sigue la edad de la sabiduría, de la mirada serena, del aprendizaje a revalorar lo que a cada instante da la vida. Luego vendrán los cumpleaños que atestiguarán la lenta decadencia.

Virginia Woolf, Carlos Fuentes, Kate Morton, Neil Gaiman, César Aira, y Mario Benedetti, entre otros, han visto en el cumpleaños un motivo literario. Algunos encuentran en su cumpleaños el motivo para un viaje, para una gran fiesta, para pedir un gran regalo, o para darse a sí mismos ese lujo tan esperado. El cumpleaños puede ser la ocasión perfecta para un anuncio trascendente, la fecha propicia para emprender aquel negocio o aventura y renunciar por fin a ese empleo agobiante.

El cumpleaños es el día del ego y el yo, el día intransferible de recibir abrazos, de reunirse con la familia y los amigos. Es ocasión propicia para estrenar ropa, para ir a un restaurante, para abrir una botella de vino añejo. Es el día perfecto para recordar a alguien, para llamarlo o escribirle después de no hacerlo en mucho tiempo. El exacto justo y preciso para recordar a los que ya no cumplen años.

Y el día pasa, la fecha pasa, como pasan todos los días y todas las fechas. Destacar un día entre los días es una forma vana de asir ese tiempo, de recordar que se abre un ciclo personal (la madre debería estar incluida: es coprotagonista de cada nacimiento) y se renuevan las ilusiones y proyectos. El año nuevo de cada quien es el momento correcto para intentar enmendar la propia vida, aunque casi siempre sea en vano, como sabía Kavafis,

Casi todo el mundo se encuentra muy satisfecha con el día en que ha nacido. Debe ser uno de los pocos hechos que no es fuente de penas y conflictos. Le gusta la fecha, el día de la semana, el mes, sin olvidar la hora, el año y aun el signo del zodiaco. Y se atribuyen de nacimiento temperamentos invernales o estivales según la estación que les ha tocado.

Celebrar el cumpleaños, al margen del pastel, las velitas y "Happy Birthday", es festejar que se ha venido al mundo, justo lo contrario de lo que Cioran llamaba el inconveniente de haber nacido. Recordar el cumpleaños es saber que el número de años es finito, y que casi nadie (salvo los suicidas que programen el fin a largo plazo) sabe cuál será el último. La vida no es una carrera de resistencia, aunque no descarto que alguien adopte la expresión.

Como la vida no tiene sentido en sí misma, la vida es lo que cada quien elija que sea, y por lo tanto también el cumpleaños, aunque cada vez queda más lejos la ilusión que nos arrebataba en la infancia al cumplir años. El culto a la juventud nos lleva a pensar que en materia de años, entre menos se tengan, mejor. En cualquier caso, vale la pena el rito, recordar el aniversario de haber venido al mundo, y seguir aquí.

13 de diciembre de 2016

La patria

Norman Manea recordaba en La quinta imposibilidad que Emil Cioran, a sus 26 años, intentaba apropiarse «como un ávido pirata» de los tesoros de la lengua francesa. La verdadera ruptura con Rumania y su pasado consistía en dejar de hablar y escribir en rumano. Si uno es hijo de la lengua en la que escribe (también en la que ora, hace aritmética e insulta), un hombre moría al renunciar a la lengua de su pasado, y uno nuevo se abre paso en su nueva lengua.

Cioran contó su conversión: «Escribir en otra lengua es una experiencia deslumbrante. Uno se pone a reflexionar sobre las palabras, sobre la escritura. Cuando escribía en rumano, las palabras no eran independientes de mí. Desde que empecé a escribir en francés, todas las palabras se me han vuelto conscientes: las tenía delante, fuera de mí, en sus respectivas celdas y yo las recogía: "Ahora a ti y ahora a ti".» (Procedimiento éste de indudable cepa francesa, pues Flaubert decía que el oficio de escribir sólo consistía, después de todo, en elegir una palabra y ponerla y luego elegir otra...)

Ese cambio de lengua, de identidad, es «el mayor  suceso que puede acontecerle a un escritor, y más dramático. ¡Las catástrofes históricas no son nada comparadas con ésta!... Cambiando de lengua, he liquidado mi pasado: he cambiado totalmente de vida», dijo Cioran. Y luego, en otra ocasión, remató así: «No habitamos un país, habitamos una lengua. Una patria es esto y nada más.»

Renunciar a la lengua materna y escribir en una extranjera es un hecho muy extraño. No me refiero al conocimiento y uso de la lengua del país en que se vive, ni al que ha crecido en un medio bilingüe, ni a la redacción de cartas, artículos y otros documentos, sino a la escritura de una obra literaria, forjar un texto desde las entrañas de una lengua, donde cada preposición y cada coma tienen una intención y una función esencial, un sentido, un matiz.

Son célebres los casos de Conrad, Nabokov, Beckett y Kundera, y aunque no es esta una lista cerrada, no deben ser muchos más los escritores que por razones más o menos personajes y esencialmente subjetivas cambian de lengua. De estos cuatro, el de Conrad es el caso ejemplar: ya era un adulto cuando se hizo un maestro indiscutible de la lengua inglesa. Nabokov recibió una educación bilingüe, y Beckett y Kundera se traducían a sí mismos, en un juego de ida y vuelta. Rilke tiene poemas en francés que no tienen la contundencia de Elegías de Duino.

Escribir literatura en otra lengua se antoja estimulante como ser otro hombre. Y supongo que la mirada de ese nuevo hombre es distinta del que que ha quedado atrás, con esa primera lengua desechada. Tiene que ser así: nadie cambia para seguir siendo el mismo. Por eso la búsqueda de Cioran es admirable: no sólo quiso apoderarse como un pirata de la lengua francesa, sino adquirir un estilo, claridad y precisión, que lo llevara al centro de esa lengua. No cualquiera escribe sus mejores páginas en una lengua que era desconocida en plena juventud.

Mi amigo Raúl Berea es un lector impecable, e implacable. Gramático aunque no niegue, ha hecho de la lectura un ejercicio profundo y gozoso por el que ha tenido que pagar un alto precio: como sólo conoce a fondo el español, como sólo en su lengua puede desmenuzar un texto y comprender el porqué de un adjetivo o un adverbio; como sólo en español puede apreciar las virtudes y rasgos de una sintaxis, ha renunciado a leer en otras lenguas y aún en traducciones (es intolerante con las malas traducciones, y estas no son la excepción). Raúl sólo puede leer obras escritas en español, y no conozco a nadie que goce tanto como él los aciertos y secretos placeres que ofrece una buena prosa. Raúl no ha cambiado de lengua, se ha ensimismado en la suya. Tal vez sean dos hechos equivalentes, las dos caras de una medalla.

La lengua es, a fin de cuentas, lo único que posee un escritor. Sin lengua es nadie, acaso como también lo sería cualquier hombre. Borges imaginó que el tiempo se detuvo mientras un autor no terminara de componer su drama; luego, el tiempo fluiría, y el autor sería fusilado. Jorge Brash, poeta amigo mío, se retaba a sí mismo a componer y memorizar un soneto mientras conducía de la Ciudad de México a Jalapa. Un escritor sólo tiene las letras, y el fascinante código que las regula, ordena y modifica.

Fernando Pessoa lo supo antes y mejor que nadie. En el Libro del desasosiego escribe Bernardo Soares, su semiheterónimo: «a minha pátria é a língua portuguesa». Albert Camus escribió en sus Carnets, en un apunte de septiembre de 1950: «Sí, yo tengo una patria: la lengua francesa», y Octavio Paz repetía la misma idea: la patria de un escritor es su lengua.  La sentencia es de una lucidez deslumbrante. La oración es justa y perfecta. Tan cierta como excitante.

Dice Manea que «antes de morir, en su lecho de hospital, el expatriado Cioran conversaba ¡en la lengua que durante décadas se había negado a hablar! Había reencontrado la lengua rumana, pero sin poder encontrarse ya consigo mismo.» No sé si fue un regreso a casa, a la fuente, al origen, o si en el final de su vida se volvió un apátrida, condición que no le desagradaba, en absoluto.

23 de noviembre de 2016

Pensar, escribir

Escribe Albert Camus, en “Los muros absurdos”, ensayo de El mito de Sísifo que: «Pensar es aprender de nuevo a ver, a estar atento; es dirigir la propia conciencia, hacer de cada idea y de cada imagen, a la manera de Proust, un lugar privilegiado.»

La definición me parece admirable. Exacta y sensible. Encierra una propuesta y una visión del mundo. Camus tiene la facultad de estimular el pensamiento, de sacudir, de abrir puertas. De sugerir, de manera impecable. Camus nunca defrauda, y siempre ofrece más.

Vuelvo a leer la definición y algo ha cambiado. En ella, o en mí. Con las mismas palabras me dice otra cosa. Camus me sacude, abre puertas, sugiere. Vuelvo a la oración por tercera vez y ahora, con absoluta nitidez, encuentro que esa definición puede nombrar otra acción, encaja con el verbo escribir: “Escribir es aprender de nuevo a ver…”

Algo ha cambiado. Estoy confundido, salvo que en este instante me convenza de que al menos en un plano escribir es pensar, y pensar es escribir (salvo para Sócrates). Escribir es pensar. Mejor aún: escribir es mirar atentamente el mundo, dirigir la plena conciencia, hacer de cada idea y de cada palabra, como exigen Proust y Camus, un lugar privilegiado. La escritura, entonces, aparece iluminada como la revelación del pensamiento. 

21 de noviembre de 2016

La acumulación primaria

Fernando Iwasaki publicó hace unos años en un periódico madrileño un artículo ("La acumulación primaria") que revela una de las claves sociológicas de nuestro tiempo. Ni más ni menos. Antes de comentarla debo admitir dos cosas: no entiendo cómo Iwasaki no ha sido debidamente reconocido por su hallazgo, y que me siento afín a su posición y sus enunciados.

Sucede que Iwasaki, al escribir su artículo, tenía hijas universitarias que vivían en otra ciudad, y una vez que ellas volvieron a la casa paterna, él descubrió que su acumulación primaria de capital intelectual (¿qué tal, eh?) era evidentemente distinto al de sus hijas. Ellas entendían el mundo de otra manera, se relacionaban de otra manera, hablaban de otra manera, leían otros libros, escuchaban otra música... Es decir, eran chicas de otra generación. Y para eso no hay remedio.

Uno educa a los hijos lo mejor que puede, y tarde o temprano resulta que dicen palabras que bien merecen el nombre de palabrujas, escuchan canciones de cantantes que uno juzga, prudentemente, que deberían estar en el Infierno, y tienen opiniones que uno jamás concibiría en su sano juicio.

Iwasaki admite que no tiene cuentas en las llamadas redes sociales, que no sabe chatear, etc. No sólo reconoce que la tecnología no perturba su vida y que lo tiene sin cuidado, también admite que cuando eran joven (más joven, hago la acotación) la curiosidad le producía un enorme placer, y ahora cree que el placer es más importante que la curiosidad.

Es más, reconoce que en los últimos veinte años (¿cómo es la letra de aquel tango?) no ha descubierto nada, deslumbrante ni en los musical ni en lo audiovisual. En esto debo guardar distancia con don Fernando. Hace veinte años yo no había disfrutado del talento de Juliette Binoche, Scarlett Johansson o Laetitia Casta, por ejemplo. Sin embargo, reconozco que dice con sabiduría:

«Simplemente dejo constancia de que ya no conecto con lo que se hace ahora. Soy de otra época, de otro tiempo y de otra edad, porque mi acumulación primaria de capital intelectual fue diferente.[...] Lo diré de otra manera: entre los 15 y los 25 años uno se instala el sistema operativo que le permitirá "cargar" nuevos programas en forma de libros, películas, composiciones musicales, obras de teatro, creaciones plásticas, etc. Y ahí está la diferencia con la manera de estar en el mundo de mis hijas: mi "sistema operativo" ya no admite más actualizaciones porque hace años que se dejó de fabricar.»

Vuelve a sus hijas y explica: «Las sensibilidades serán otras, pero la acumulación primaria de capital intelectual debería seguir existiendo. No será la misma porque habrá menos libros y más películas, menos humanidades y más tecnología, menos conocimientos y más habilidades, menos palabras y más idiomas, pero después de todo [el suyo] será el "sistema operativo" con el que tendrán que funcionar por el resto de sus vidas.»

Más claro, imposible. Pero no sé si debo lamentar que vayamos por el mundo con diferentes «sistemas operativos», tal vez la diversidad sea parte esencial del encanto del diálogo entre generaciones, la sal de la vida. Por si el amable lector tiene alguna duda, me apresuro a declarar que escribo en una computadora con sistema operativo Windows XP, que ciertamente no es el más reciente, pero funciona. Ah, la acumulación primaria.

20 de noviembre de 2016

El acecho de los recuerdos

"No abro los cajones por no encontrar recuerdos", dice Joan Manuel Serrat en una pequeña canción, inolvidable desde hace muchos años para los heridos de nostalgia y recuerdos, para los que guardan objetos en los cajones, con los que podía armarse, en un rompecabezas imposible, una biografía material de alguien, un compendio de vida que nada tiene que ver con lo que dicen los currículum ni los perfiles ni las notas biográficas.

Uno está en los objetos que atesora, en los que guarda en los cajones o pone en una repisa. En los libros que lee y procura, en la música que escucha. Y el que lleva una vida ascética, o franciscana, la notable escasez de objetos no será menos reveladora: entre menos haya, más entrañables o trascendentes. La ausencia y el silencio también son significativos e incluso elocuentes.

Bastaría un examen atento de las fotografías, los cuadernos, los tesoros familiares heredados para hacernos una idea de quién es su poseedor, para imaginar una historia en la que la fantasía no se aleje demasiado de los sucesos de una vida.

Guardar objetos, adornos, a veces centenarios, porque es imposible desprenderse de ellos, por lo que representan, suele ser tarea de melancólicos y sentimentales. Creo que nada censurable hay en ello, el riesgo son las estocadas de la memoria y los secretos y verdades ocultas en los objetos.

No me refiero a un coleccionista, a alguien que busca conformar una colección única y preciosa, hecha a su gusto, semejanza y poder adquisitivo. No. Me refiero al que tiene un abrecartas del abuelo, un álbum de fotos de parientes que no conoció y que no piensa ni remotamente deshacerse de ellos.

Conozco alguien que conserva intacto en un baúl el ajuar de su abuela, el vestido de novia, el velo, los zapatos, la ropa destinada a la noche de bodas, y los frascos con afeites y objetos de belleza guardados en un neceser.

Yo guardo una serie de objetos tan dispares que tal vez un escritor con el talento de Georges Perec haría una nouvelle. Caleidoscopios italianos de lujo y otros hechos por artesanos, postales viejas que ya no podría explicar de dónde salieron, libros tan antiguos que ya es imposible leerlos, un frasco de vidrio repleto de viejas monedas de cobre de veinte centavos. Conservo un pequeño trozo rectangular del Alcázar de Sevilla que mi abuelo de haber recogido del suelo hace un siglo.

En esta tarde de domingo, abro un cajón en busca de papeles que sospecho que no aparecerán por ningún lado, y de una carpeta se ha caído una tarjeta muy blanca, de papel muy fino, que un amigo mío, al que ya no frecuento, me trajo hace años de París. Entonces escribía sus primeros relatos y, deslumbrado por Madame Bovary, declaraba sin rubor que Flaubert era dios.

La tarjeta, con una bellísima composición tipográfica dice: Tout le talent d'écrire ne consiste aprés tout que dans le choix des mots. Al pie, con tinta verde, aparece el autógrafo del autor de la frase, tomada de su Correspondance: Gustave Flaubert.

El reencuentro estimula la memoria. Nadie necesita una máquina del tiempo si cultiva sus recuerdos. Por un instante se aniquila el tiempo. Guardar objetos tiene un precio alto para los proclives a la nostalgia. Por un instante recordé a mi amigo perdido, y al que fui cuando escribíamos nuestros primeros relatos. Serrat sabe bien lo que canta. Hay que tener mucho cuidado al abrir los cajones. En cada uno nos acechan los recuerdos.

18 de noviembre de 2016

Currículum Vítae No. 2

El currículum vítae encierra una paradoja: entre más intensa sea la experiencia de vida y más exitosa la carrera profesional, más breve puede ser. En una oración cabe toda la grandeza alcanzada.

Ejemplo: Miguel de Cervantes (1547-1616). Soldado y escritor español. Sirvió en la batalla de Lepanto. Estuvo cautivo. Cultivó la poesía y teatro. Introdujo la novela corta en España. Es autor, entre otras, de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, y de Don Quijote de la Mancha, la primera novela moderna y acaso la mejor de todas.

Los diccionarios enciclopédicos ofrecen una lección impecable de estilo y brevedad. Es prudente desconfiar de los currículum de más de dos páginas. No pueden ser más que pequeñeces que requieren de muchas palabras para justificar éxitos efímeros y una olvidable condición. Bastan unas cuantas oraciones y un puñado de palabras para dar justa y precisa noticia de los méritos y alcances de una vida. El resto es ruido, ego y vanidad.